Qué racha! Claro, que hay edades que no perdonan. Será o no por la gripe, pero caen como moscas noticas de fallecimientos de personas que se acercan a los 95/100 años de edad. No hay más que ver las esquelas de los periódicos. La vida misma que reemplaza con células vivas, jóvenes y reproducibles, otras ya desgastadas, envejecidas. No lo entendemos bien porque no nos han preparado para ello, para vivir en la conciencia de lo finito e inacabado de cuanto hacemos. Queda la esperanza de que algo de lo sembrado perdure en beneficio de alguien a quien por cierto no conocemos ni conoceremos. ¿Será en beneficio de la Humanidad? Y ¿quién es esa “diosa” tan deslumbrante? ¿Existe? ¿Se trata acaso de una suma de individuos que cada uno a su aire persiguen glorias efímeras que no necesariamente traen la felicidad? ¿Existe la humanidad como ente?

Existimos sí los humanos, pero ¿existe algo que nos agrupe y catalogue como grupo identificable ante alguien? ¿Ante quién? ¿Ante nosotros mismos y nuestros procesos mentales?

Cacao mental en pleno invierno. Lo confieso, pero tampoco me parece mal sumergirnos en la penumbra de nuestros pensamientos, de nuestras dudas existenciales, de nuestro más íntimos recovecos anímicos. Porque de la duda y de su maduración surge la luz, la verdad, el paso adelante.

Leo en la prensa vasca local de hoy una noticia que dice textualmente “Gipuzkoa ha perdido el 30 % de su población joven en menos de quince años”.

Creo que se trata de una manera de “morir” colectiva mucho más grave y sorprendente que la relacionada con la edad, porque vamos perdiendo día a día esa garantía de futuro que siempre será la juventud. Perdidos en guerras fratricidas en busca de ese enemigo colectivo que nos impulse a agruparnos como movimiento “resistente”, no nos hemos ocupado de lo que verdaderamente configura nuestro futuro desde este mismo momento de realidad presente. La clase política, nuestros líderes, no han podido, o querido, o sabido hacer frente a este drama sociológico. No porque no se supiera, no porque los datos no lo advirtieran. Habrá resultado “no” porque nos engañamos en el cortoplacismo y en lo volátil del resultado inmediato. Jugamos haciéndonos trampas en el solitario.

Aumenta la esperanza de vida a la vez que baja el número de mujeres en edad fértil (aunque subiera el índice de fecundidad será menor el número de mujeres en edad de procrear).

Tengo a mano un informe que dice taxativamente que tener hijos tiene relación con la mayor probabilidad de padecer riesgo de pobreza. Pues como para animarse!

Este fenecer silencioso, esta pérdida de energía y vitalidad colectiva nos debiera de preocupar mucho más que la perspectiva de en cuánto crecerá el promedio de edad de los actuales ocupantes del planeta. Viviremos más, parece claro. No sabemos si mejor ni cómo. Pero los ciclos vitales y demográficos están cambiando tanto y tan de prisa que no sé cómo no nos entra el pánico y nos ponemos (los que estén a tiempo), a la faena de traer al mundo nuevas y saludables  criaturas que además de quitarnos el sueño y la tranquilidad en sus inicios nos eviten terminar viviendo en esa especia de urbe gerontocrática a la que estamos condenados.

 

Bueno. Ya se me pasará.