Ayer me tocó despedir a nuestra madre, nere ama, la que fuera la “amona” a la que me referí en este blog en mi última participación, que expiró tras haberse precipitado un proceso de pérdida de salud derivado de su natural envejecimiento.

94 años vividos que quedan para la pequeña historia de una familia que ayer fue testigo de la inhumación de la que fuera nuestra progenitora.  Puedo decir que iba “rezada” por sus propios rezos acumulados en todos esos años y por las plegarias que nos han dedicado amigos y próximos entre los que se encuentra algún lector de este blog (así me consta).

En un verso que me ha dedicado una compañera de trabajo a propósito del vacío difícil de llenar que queda tras la muerte de una madre hace referencia al papel de aglutinante que ejerce su figura en el entramado familiar. “Bizitzako pastelan bera da irina” dice, “ella es la harina que liga el pastel”, ella es la que mantiene la fuerza centrípeta que evita la dispersión centrífuga que supone la expansión no controlada del clan.

Hemos perdido, además de esa persona que siempre ha estado en nuestro recorrido vital de forma incondicional, el último referente que nos quedaba como centro de toda la familia, de la prole. Nos toca ahora a los seis hermanos que hemos pasado a primera fila inventar una nueva manera de mantener esas alianzas y presencias que hasta ahora se nos habían dado casi como cosa hecha. Ley de vida, y a disfrutar (no a sufrir) las emociones que arrastran los recuerdos.

Llegué de hecho a los actos fúnebres unas pocas horas antes procedente de México donde me había desplazado para un proyecto de cooperación internacional; y en aquella tierra de ancestros aztecas, y cómo no de españoles y vascos colonizadores e inmigrantes en busca de solución a sus vidas, fui recibiendo informaciones de la familia que indicaban que aquella mujer ya mayor que me tocó acompañar el día de Reyes en lo que se convirtió para siempre en mi despedida personal aún sin saberlo, iba adentrándose en el espacio de esas últimas horas con fecha de caducidad irremediable.

Suerte que tras 24 horas de vuelos y esperas pude llegar para vivir con intensidad el día de despedida de quien como madre ha estado presente en todos los momentos buenos y no tan satisfactorios de  mi vida.

Madre no hay más que una dice la evidencia, y recuerdos como el de la madre no será fácil que se borren mientras vivamos. Como tampoco olvidaré el enorme caudal de afecto que nos han podido transmitir de manera personal y por todo tipo de medios  ese entramado de relaciones personales que el conjunto de la familia hemos podido construir en todos estos años. Gracias por esos abrazos sinceros, por las comunicaciones remitidas, por la adhesión mostrada en los momentos de emoción que nos ha tocado vivir en las últimas horas.

Mila esker. Eskerrik asko. Y como cantamos al final de la misa funeral en una canción mariana tradicional en euskera en su última estrofa, …

AGUR AMA NEREA, AGUR, AGUR, AGUR.