Hablo desde Euskadi, País Vasco. Y lo hago además desde Donostia (San Sebastián), Ciudad en la que vivo y en la que nací. Mis ocho apellidos iniciales atestiguarían que mis antecesores no se movieron en exceso de éste nuestro ámbito de confort para procrear y hacer perseverar la prole. Y desde esa heredada posición, veo que el magma de la historia nos está abocando a ver con preocupación nuestro futuro como personas individuales y como proyecto colectivo. No en vano este mundo globalizado nos arrastra a una pérdida inexorable de los centros de decisión de nuestras empresas y agentes económicos.

Vivimos en una especie de ficción en la que la política nos canta el romántico atractor de la reivindicación de eso ahora llamado “derecho a decidir” (que dicho sea de paso no creo sepamos muy bien cómo se conforma en su formulación jurídico-política), y un mundo económico y empresarial en el que desde hace ya dos o tres décadas no hacemos sino perder influencia y peso en la toma de decisiones, por  la pérdida de control sobre los órganos de decisión de las empresas llamadas a ser tractoras de nuestro territorio y su economía.

Se nos va el control de las compañías llamadas a ser líderes porque se nos fue el gobierno de las mayorías accionariales y su consecuente establecimiento de sedes sociales en el País. La lista de ejemplos es verdaderamente prolija, y algo se hizo también (alguien lo hizo) para espantar a alguna de las “propietarias” autóctonas. Pero con independencia de lo que pudo ser de otra manera, lo cierto es que nuestras empresas más atractivas van cayendo en manos “foráneas” que en tanto mantengan su pulso de competitividad entre nosotros seguirán siendo claves en nuestro tejido económico y en el sostenimiento del empleo. Pero, ¿qué sucede cuando fruto de sus análisis financieros deciden trasladar sus procesos de fabricación a ubicaciones más interesantes desde la perspectiva única del beneficio inmediato?

Se toman decisiones de “deslocalización” como quien deja de comprar pan integral para degustar otro más blanco y barato. Les llaman “fondos buitre”. Llamados de una u otra manera son el exponente del mundo en manos de la especulación financiera “sin alma”.

Por todo esto es por lo que es importante hacer lo necesario y más para mantener entre nosotros los “centros de decisión” de las estrategias empresariales que se van alejando en un camino sin retorno con independencia de que se mantengan plantas de fabricación entre  nosotros. La inteligencia, la intención, el poder decisorio se desplaza, se aleja, huye o cuando menos busca un acomodo más fructífero en rendimiento financiero. Y nosotros necesitamos como agua en el desierto que se mantenga domiciliada entre nosotros ese “poder de decisión” que se garantiza únicamente cuando se sostiene accionariado y propiedad en manos de “autóctonos” con visión abierta al mundo pero con los pies y algo más bien puestos en su sitio que no es otro que éste, el nuestro.

Al hilo de lo dicho veo en prensa datos de MONDRAGON como el “gran empleador de Euskadi” acreditando un peso del 8´3 % del trabajo industrial del País Vasco y del 7’3 % del valor añadido bruto de la Comunidad Autónoma. “Los centros de decisión de Mondragón que mantiene 11.000 trabajadores por todo el mundo, siguen estando aquí” dice su Presidente Sr. Sotil.

Yo personalmente, desde la visión que puedo tener por lo que concierne a GUREAK, no puedo otra cosa que congratularme por la existencia de esos “reductos” de competitividad abierta al mundo que continúan en manos de los fundadores bien arraigados en el País que hace ya tiempo pasaron (o pasamos) a ser conscientes de que la creación de empleo para los “nuestros” suponía movernos por el ancho mundo pero sin perder la fortaleza que da la defensa de lo propio, del territorio y sus pobladores.

EUTSI GOIARI! A aguantar toca. Salgamos pues a la conquista de lo foráneo y distante para garantizar lo propio y más cercano. Y ojo, que tan colonizadores pueden resultar los chinos y asemejados como los de cualquier fondo financiero con domicilio cercano.