Me pregunto a mí mismo, y le pregunto al amigo imaginario al que llamo “adiskide” (buen amigo en euskera), que cómo le va, cómo nos va la vida en este enredo en el que estamos inmersos. Tenemos lo que tenemos, nos lo habremos merecido, hace ya tiempo nos dimos cuenta de que no es nada fácil cambiar las cosas.  Cuando uno lo aprende es que ya dejó de ser joven, perdió la inocencia en el camino. De pretender la revolución pasamos a exigir al menos un poco de justicia. Sensibilidad para el reparto. Solidaridad con los que en nuestro entorno tienen menos, aunque empezamos a guardar la cartera cuando una “horda de infieles” nos amenaza con su invasión.

Nos revelamos, aunque sea de boquilla, ante la obscenidad con la que se conduce la “aristocracia” del sistema (nada nuevo bajo el sol) que nos regala cada día un titular que no deja de ser una invitación directa y personalizada a la insumisión. Al menos en su vertiente fiscal, porque ¿cómo es posible que con todo lo que se roba, se dilapida, se defrauda, se evade, siga aún en pie este sistema con su precarizado sistema de protección social?.

Y cuando amanecemos con buen pie y desayunamos con cierto optimismo, hasta nos permitimos imaginarnos  qué gusto nos daría vivir en una sociedad en la que “casi” todos pagáramos lo que en un sistema progresivo y redistributivo nos pudiera corresponder. Como buenos ciudadanos que contribuimos con más o menos convencimiento pero que entendemos que para hacer accesible la Universidad a nuestros hijos y nietos, para mantener una cobertura sanitaria que valoramos, tiene sentido financiar el peso de lo público.

Adiskide! Al otro lado del charco parece que triunfan aires de excrecencia del individualismo y del “sálvese quien pueda”. En la vieja Europa que los españolitos tenemos recién estrenada (¿cuántos años hace que Europa dejó de estar al norte de los Pirineos?) creíamos que las cosas debían y podían ser de otra manera. Miedo me da que de la mano de APPLE, FACEBOOK, los acuerdos ITTP y alguna desregulación de calibre en materia medioambiental no estemos renunciando a aquello que pensábamos eran valores que aspirábamos a universalizar desde el convencimiento de que estábamos en lo cierto.

Y de lo más cercano mejor no hablar. Porque tras el fiasco en la fallida composición de gobierno en la que podía haberse generado una alternancia en el color político y estilo de gobierno, resulta ahora que todos “aparecen” preocupados por el “coste” que supondrá para los ciudadanos (siempre pagamos los mismos se haga lo que se haga) la campaña electoral de una segunda vuelta, y tiramos de “postureo” a ver a quién se le ocurre la idea más brillante para atraer el interés ciudadano con poco coste económico. Y, ¿no se le ha ocurrido a nadie convocarnos a las urnas sin necesidad de nuevas campañas, y abrir a un nuevo ejercicio de voto que bien pudiera ser el domingo que viene, otro de esos particulares domingos en los que el acto cívico de acudir a votar se convierte en un saludo a vecinos y familiares que sólo vemos de vez en cuando a lo largo del año? ¿No sería esto lo más barato? Y conste que lo digo sabiendo que ello perjudicaría a una empresa nuestra (Gureak Marketing) que disfruta procesando papeletas y campañas electorales. Sorry.

Un parlamentario “nacionalista” ya me ha comentado con desgana si tendrían que volver a repetir una nueva visita “electoral” a la sede de GUREAK para conocer nuestros problemas y ofrecer su mediación en lo que pudiéramos necesitar. Le dije que por supuesto que encantados. Nuestro coste sería el de unos cafés a los que invitaríamos, y a esperar mejores tiempos.

Y a la vuelta de las elecciones nos esperan las “recetas” ya previamente diseñadas en Bruselas o en Fráncfort que marcarán la disponibilidad financiera para lo que se quiera hacer, sea lo que sea lo que en campaña se nos haya prometido. Y el “patito feo” que va a pagar “los platos rotos” no va a ser otro que la cobertura social a las necesidades sociales crecientes. Digan lo que digan, nos lo cuenten como nos lo cuenten, eso ya está escrito.

Adiskide! No nos van a dejar hacer grandes cosas, pero que nos dejen al menos el consuelo de que hemos sabido discernir entre los que no quieren los cambios de aquellos que sí quieren pero no pueden. Y “entre el quiero y no puedo” que viaje nuestro consuelo. Agur adiskide!