O según una canción popular en euskera, “bukatu da bukatu da, bukatu da akabo”.

Es todo lo que se me ocurre ante el penoso espectáculo que nos está dando la “clase política” en su incapacidad manifiesta de articular alternancia en el ejercicio de poder de la última legislatura que por su inoperancia, profusión de escándalos de corrupción, “cortoplacismo” e indisimulada renuncia a pactar con nadie (¿acaso no se puede ser tentativamente generoso cuando se dispone de mayoría absoluta parlamentaria?) le ha convertido al “gobernante” en una especie de “aborrecible” y “aborrecido” personaje incapaz de cerrar acuerdos con otros.

Tiene narices (“manda güevos” dijo otro).

Un  déficit público descontrolado. Paro y desempleo por encima del 20 % de la población (más del 40 % en la franja de edad juvenil). Pérdida imparable del poder adquisitivo de las pensiones. Emporios multinacionales al acecho de hacer sangrar en su propio beneficio en las costuras del sistema público de salud. La educación, pilar de la competitividad presente y futura de los países, en manos del “listo” que en cada legislatura (4 años tope) nos pone el “gobierno” para reinventar en clave ideológica la pervivencia de lo que ya está fuera de los tiempos y así intentar “salvaguardar” lo que no es más que la expresión decadente de una época pasada, depauperada y decrépita en conceptos, en modernidad, en participación activa en la evolución del mundo.

Y vienen “los nuevos”. Los que no quieren ser “casta”. Y empiezan por pedir determinada silla que por resultado electoral creen les corresponde. Se abre un proceso obsceno en el que se nos retransmite la incapacidad evidente de ligar, de hacer algo en común. No importa tanto lo que necesita el país y sus ciudadanos como lo que tácticamente me va bien a mí para situarme en un escenario de inestabilidad en el que haya que repetir elecciones y podamos conseguir mejor presencia a futuro. Es posible que sea legítimo actuar así, pero mientras tanto, campa sin ningún control nuevo la corrupción y sus manifestaciones escandalosas (aunque sólo se conozca una parte de lo realmente acaecido), y se pueden morir personas con diagnóstico de dependencia reconocida que siguen sin recibir las prestaciones a las que optaban.

Sube el turismo. Parece que algo mejora la coyuntura. Nos engañan con señuelos, “esos” que saben perfectamente que una vez concluido el nuevo proceso electoral y constituido un nuevo gobierno vendrán los “recortes” que ya están pactados y establecidos pero que no conviene exteriorizarlos antes de las elecciones parlamentarias.

Es como si todas las instancias europeas se hubieran puesto de acuerdo con gobernantes españoles al frente en que es mejor que los ciudadanos españoles y vascos no tengamos acceso a la información más relevante hasta que hayamos puesto la papeleta del voto en la urna que a  cada uno nos corresponde.

“Votar de una vez”, “conformad Gobierno” y “haced frente” aunque sea con un año de retraso a los ajustes presupuestarios que el mundo financiero internacional y su obediente estructura política tiene diseñados. Como siempre, el ajuste recaerá en el que no se oculta en Panamá, ni en la Seychelles, ni en las Islas Caimán. Pagarán, pagaremos espero, los que andamos remangados intentando aportar algo positivo al sostenimiento del sistema público vía impuestos y fiscalidad.

Y los que en esta vuelta no se han puesto de acuerdo es posible que en la “segunda” oportunidad lo hagan. Dicho sea de paso, entiendo que más de uno habrá perdido la gracia que le devenía de aquella “virginidad” nunca “mancillada” desde la que se podía predicar lo que debíamos de hacer el resto de los mortales. Me suena a algo verdaderamente “revolucionario” estar siempre subido a un púlpito desde el que dar el “sermón” de lo que debemos de hacer unos y otras (otras y unos).

De verdad que si yo estuviera en paro, estaría ahora mismo “acojonado” porque con estos políticos que parece van a asumir de la manera que sea el gobierno de nuestra “cosa pública” no debemos esperar soluciones ni a corto, ni a medio, ni a largo plazo.

No me extraña que algunos se quieran “ir de esto”. Anímicamente muchos ya se han ido. No lo digo por los que “ya se fueron” a Panamá sino por los que anclados aquí se han vuelto “descreídos” de todo el discurso oficial. Suena a situaciones del siglo XIX y no sé si del XX en las que la clase pudiente (los ricos para entendernos) compraban con su dinero el derecho a no ser reclutados para el ejército en sus guerras coloniales y eran los “pobres” los enviados a defender “la patria” y los “intereses nacionales” que si a alguien beneficiaban era a los que previamente habían comprado de manera muy patriótica su derecho a no arriesgar sus vidas en la defensa de su amada España (es decir de su hacienda bolsillo y patrimonio).

Deprimente de verdad aunque me resisto a declararme deprimido.