Me da cierta pereza ponerme a opinar sobre los últimos “sucedidos” en materia política

porque podemos tener la impresión de que está todo dicho. Ahí están los “tertulianos”

que nos entretienen, los informativos, la verdad contada según la perspectiva que da el

color político de cada cual. Cada uno saca la “mierda” del otro como si no fuera

evidente que el “estercolero” que vienen montando entre todos hiede a tufo maloliente

sin que se pueda aprovechar tan siquiera (eso al menos sería ecológico) para abonar algo

nuevo, una nueva cosecha, un recuperado plantío, terreno o huerta que nos regale algún

producto fresco, de temporada y saludable.

Siguen saliendo de manera ininterrumpida nuevos actores que se suman a la caterva de

defraudadores o “elusores” de impuestos. Siempre se ha sabido que no menos del 20 %

de la actividad económica del planeta se mueve en un circuito que no es otra cosa que el

exponente máximo de insolidaridad a nivel mundial. Al fin y al cabo el sistema público

se basa en las aportaciones tributarias de los ciudadanos contribuyentes para cubrir los

costes básicos de participación en los recursos disponibles que garanticen al menos una

subsistencia digna a todos, y cuando el que tiene no paga pues sencillamente alguien o

algo se hunde en la miseria.,

Las personas tendemos por naturaleza a sacar ventaja individual de las situaciones que

se nos presentan pero para eso precisamente debiera de existir un “sistema” de

protección y a la vez de coerción que corrigiera las tendencias excesivamente

individualistas para garantizar una convivencia razonable.

No es así. El ser humano va a lo suyo pero el sistema en lugar de corregir los “bajos

instintos” los avala, protege, ampara y perfecciona. Gracias a determinadas filtraciones

tenemos conocimiento de que fulanito y menganita, a pesar de su declarado

“patriotismo” y “espíritu de servicio” tenían montada toda una ingeniería societaria por

la que además de vivir por encima “del bien y del mal” mantenían a salvo de impuestos

unas fortunas cuyo origen se antoja poco “virginal” y que en la mayoría de los casos no

resistirían una investigación a fondo sobre su procedencia.

Se puede incluso pensar que así es la condición humana. Pero ¿y el sistema? ¿Al

servicio de qué y de quién está? ¿No debiera acaso servir para corregir la tendencia al

“estraperlo”, al “contrabando” de todos y cada uno de nosotros? El hecho de que el

sistema no actúe, no intervenga en la corrección de las exageraciones del propio

capitalismo especulativo es lo que convierte la corrupción en “sistémica”. Han dejado

de ser los individuos los que corrompen el funcionamiento de la economía y es el propio

sistema el que encuentra su máximo esplendor en esta “porquería” de situación en la

que al “currante” de a pie se le interviene sus salario, su pensión, su sistema de salud, su

acceso a una educación mejor y se instaura esa verdad interesada de que “vivimos por

encima de nuestras posibilidades”, “hay que apretarse el cinturón”, y se expropia al

ciudadano “legal” de manera constante y repetitiva una parte de su renta para mientras

tanto consentir, si no promover, todo un sistema de evasión que salta de isla en isla, de

paraíso a paraíso, que favorece al ladrón, al insolidario, al mal ciudadano, al no patriota,

al “jetas” que tras su discurso de “honorabilidad” esconde una prosaica realidad desde la

que debe de dar algo de lástima ver que la mayoría de los mortales sufragamos un

sistema público del que también ellos se benefician sin aportar en cambio lo que por ley

y por ética ciudadana les correspondería. De verdad, creo que cualquier inmigrante sirio

que intenta entrar en Europa como refugiado tiene más derecho a recibir nuestra

solidaridad que cualquier insolidario de los nuestros que “chupa del bote” sin pagar lo

que le toca.

Y del sistema, ¿qué decir? Juro que no soy, no he sido antisistema, pero viendo la

obscenidad diaria de las noticias de fraude, corrupción y conductas de evasión fiscal,

parecería llegada la hora de un revolcón en el actual estado de cosas y de una

depuración de conductas. También digo que me deprime pensar (y saber) que los

aparentemente llamados a un cambio radical de ese denunciado y denunciable sistema

están asimismo pillados (o van camino de ello) por los mismos defectos y servidumbres

que dicen combatir.

Me declaro en bancarrota. No sé cómo se arregla este desaguisado, pero el aire se hace

cada día más irrespirable y el cinismo de la clase gobernante no me tranquiliza en

absoluto. Una frase que oigo en mi entorno es la de que “encima les volverán a votar”.

Y así será al menos en parte, por lo que ¿cuál es nuestro futuro? ¿Condenar a futuras

generaciones a vivir supeditadas a una élite mundial de sinvergüenzas? ¿Decirles que no

hay nada que hacer, que este sistema corrupto irá a más y que la cosa no tiene remedio?

Vaya porvenir. Da asco. Incluso diría que da miedo.