Palabras verdaderamente “duras” que forman parte sin embargo de nuestro día a día. Acciones que en ocasiones se cruzan hasta juntarse y devenir en dos actos distintos con una misma y coincidente consecuencia. La pérdida de la vida como algo ocasionado o fortuito, como algo provocado por una voluntad maligna (la del que mata aunque siempre pretenderá hacerlo al servicio de “algo”), que produce el fatídico final no buscado ni deseado del que vivía allí, pasaba por allí, transitaba distraído hacia un destino  en el que daba por seguro seguir viviendo e imaginando su futuro.

La muerte siempre entristece porque nunca estamos del todo preparados para reconocer una ausencia sin retorno, un vacío vital de alguien con el que convivíamos y compartíamos vivencias y afectos.

Pero la muerte provocada de manera pensada y organizada como parte del juego bélico en el que nos tienen metidos a una parte de la humanidad contra otra nos altera de manera exageradamente brusca nuestro estado de ánimo máxime cuando se nos retransmiten esas imágenes horrendas de cuerpos mutilados esparcidos e irreconocibles, de transeúntes y viandantes que se desplazaban a un destino ese sí voluntariamente elegido y que ha quedado truncado en un instante fatal decidido por “el que mata”. Son situaciones en las que en realidad uno no muere sino que a uno le matan. Porque bien distinto es “morir” o “matar”.

Hay paradoja! La muerte, el hecho de morir, no nos afecta de la misma manera según sea el punto del mapa donde ésta se produce. A mayor distancia geográfica parece que la barbarie no nos emplaza tanto. Cuando menor afinidad en creencias y menor similitud en el color de la piel y el idioma en el que hablemos, tanto más leve el sobresalto cuando nos dan la noticia de una explosión, de un atentado. Supongo que se puede ver como algo normal que esto sea así pero cuando nos ponemos a pensar que nuestras bombas (nuestras en la medida en que las lanzan en nuestro nombre), o nuestras inacciones, también llevan años destrozando vidas, pueblos e infraestructuras en ese bloque que se supone es de los “otros” también nos da para pensar que algunos de los calificativos que aplicamos a los que han puesto una bomba en un metro o en un avión nos los podríamos aplicar de igual manera a nuestro propio bando. Porque niños y niñas inocentes los hay en ambos lados de la contienda. Madres exhaustas en un esfuerzo titánico por conseguir la supervivencia de la prole, más “allí” que “aquí”.  Ansia de paz y algo de sosiego debiera de poder darse en todos los casos, pero también es cierto que la historia misma de la Humanidad es un rosario de guerras y desastres provocados por intereses no siempre fáciles de interpretar y conocer.

Eludir morir es algo que hoy por hoy se nos escapa y no depende , qué le vamos a hacer, de uno mismo y de lo que quisiéramos. Pero “matar” como un ejercicio construido desde una reflexión consciente y organizada sí es algo evitable y a evitar. Aunque estoy seguro que una vez más haremos lo contrario. Prepararemos nuevas ofensivas aéreas, lanzaremos toneladas de fuego mortífero sin que podamos ver el dolor en vidas  que generamos. Guardaremos las cámaras de televisión para el próximo atentado que se produzca en “occidente” pero las guerras que lanzamos desde esta parte las sobrevolaremos resaltando en una imagen de satélite a mucha distancia la precisa explosión de una bomba en un lugar concreto, como si de una cirugía limpia (y justa claro) se tratara.

No escondamos la cabeza. Llevamos cientos de miles de civiles muertos en distintas contiendas que no resolvemos (¿se quiere de verdad resolver o así va bien el negocio?), millones de desplazados de los que algunos, muchos, hacen lo que sea por pisar suelo europeo porque los estamos echando de sus tierras, pueblos y hábitat. Y tiene narices que encima nos sorprende que vengan…

También matamos (o en nuestro nombre lo hacen), y también morimos. Hay quien muere matando y espera premio en el más allá. Prefiero pensar que el premio para todos debiera de ser poder vivir cubriendo cada uno al menos sus necesidades básicas allí donde le tocó nacer para desde ahí progresar en un mundo habitable.