Me parece que es una palabra que recoge muchas de las calificaciones que asignaríamos el momento que vivimos. Hemos dejado de saber, si es que alguna vez habíamos llegado a hacerlo, por qué derroteros se desarrollará el futuro del mundo y por tanto de la parte del mismo que pisan nuestros más o menos cansados pies (esto último depende de la edad de cada uno).

Se nos pide a nivel de empresa que seamos capaces de imaginar cuáles serán las claves a tener en cuenta para garantizar un futuro de éxito (empleos sostenibles para personas con necesidad de apoyos en nuestro caso), y ni tan siquiera se nos hace fácil avanzar cómo llegaremos a finales del 2016. Dejaron de estar de actualidad las enseñanzas de las escuelas de negocio y universidades punteras en las que se impartía doctrina sobre la planificación estratégica a corto medio y largo plazo (famosos PLP) y no tenemos más remedio que apoyarnos en previsiones cortoplacistas y con disposición a su revisión y actualización rápida cuando alguna de las variables tenidas como ciertas salta por los aires como consecuencia de cambios radicales en las circunstancias de nuestro entorno.

La verdad se ha vuelto volátil. Lo que dábamos por sólido y firme ha pasado a un estado líquido que hace más difícil su aprehensión y comprensión. En el transcurso de una sola semana se nos inunda de noticias contradictorias que casi siempre ocultan una intención propagandística que beneficiaría la posición del emisor. Nada es verdad ni es mentira, todo es sensacionalismo al servicio de ese poder que controla los medios. Desde que despertamos por la mañana, y antes del preceptivo aseo, desayuno y saludos matutinos debemos de buscar aunque sea a tientas en nuestra mesilla de noche el “filtro” con el que deberemos pasar toda la jornada que nos toca despiertos (unas cuantas horas claro…) cribando entre el noticiario con el que nos apabullarán e intoxicarán para tratar de discernir con todo su riesgo de equivocación (es al menos nuestro propio riesgo) qué parte de verdad acepto de lo que nos trasmite cada cual.

Estamos aviados si por alguna razón no encontramos el “filtro” en el lugar en el que creemos haberlo dejado al acostarnos. Menudo día nos espera, menudas “trolas” vamos a tragar. El tocomocho, que parece que sigue estando vigente (¿o será también mentira?) va a ser un juego de niños comparado con lo que nos arriesgamos a confiar.

Y ojo con todo aquello que se nos diga que es por nuestro bien. Hasta las guerras, y cerca tenemos buenos ejemplos, se hacen al parecer por nuestro bien. O se nos ha olvidado qué es el bien, o ya no sabemos qué es lo “nuestro”. “Ya no sé ni si soy de los míos…” o “todos al suelo que vienen los nuestros” que dijera un político español.

Pero, ¿en algo habrá que creer no? Sí pero con mucho tiento. Toca cuidar los buenos “amigos” que siempre serán pocos porque la abundancia es difícil que pase de la categoría de “conocidos”. Nos quedarán unos “valores” con los que convivir en sociedad y con los que deberemos gestionar la toma de decisiones que nos corresponda según niveles de responsabilidad y autonomía. La coherencia de nuestras actuaciones con estos valores que consideramos “nuestros” debería de ser garantía suficiente de que estamos contribuyendo a un funcionamiento más o menos armónico de nuestro entorno familiar, empresarial y social al que pertenecemos.

Elegir bien las compañías (consejo de nuestras amatxos), agarrarnos a esos valores y creencias que en nuestro fuero íntimo conocemos como generadores de positividad, y afrontar el día a día (no olvidéis el “filtro”) con la ilusión de que los “corruptos” no terminarán con nosotros así como así. Sólo nos queda elegir bien a nuestros políticos y controlar a fondo el ejercicio de su función. Como todo el mundo sabe que se ha de controlar el flujo de movimientos de dinero en una empresa, en una colectividad, cuando a nadie le entra la duda de que el dinero no es “suyo” sino que es algo a administrar para cumplir la finalidad que tiene asignada.

No es fácil que se nos quite el “mosqueo” que arrastramos por el diluvio de noticias relacionadas con comportamientos  no ya sólo no éticos sino delictivos en grado sumo y obsceno,  pero no queda otra que armar el ejército de “gente de bien” que restituya a un nivel aceptable la ejemplaridad en los comportamientos públicos. Y no se me ocurre más salida que aplicarnos en esa dirección cada uno en lo nuestro siendo exigentes en lo que esté a nuestro alcance influir y asegurar.

¿Hay alternativa al comenzar por uno mismo y nuestra proximidad?