Parecen señalar casi la misma cosa pero no son lo mismo ni por asomo. Coincide que en ambas afirmaciones hacemos referencia a la clase trabajadora como aquella a la que corresponde protagonizar la parte más sufrida de la película de la vida en la que el “asalariado” al servicio de un “patrón” aporta su esfuerzo y su fuerza de trabajo a cambio de la contrapartida que le permitirá mantener con muchas carencias a una familia que con un poco de suerte pueda aspirar a una vida algo mejor.

Se me ocurre que este tipo de descripciones forman parte del imaginario de las primeras décadas de la era industrial que desde nuestra actual óptica se nos presentan como imágenes verdaderamente “duras” de las condiciones en las que la civilización occidental fue olvidando épocas y culturas pretéritas de corte feudal donde el súbdito era más esclavo que ciudadano pero que en cualquier caso seguían marcando la enorme diferencia y distancia entre las clases “acomodadas” y las formas de vida de los más sufridos y desesperanzados. Pobres. Pobres por falta de recursos, y por las duras condiciones físicas a las que se enfrentaban para sobrevivir y llevarse el mendrugo a la boca. Pobres que malgastaban la vida en el fondo de la mina, en la mar, de pastores en América, en un trabajo en el campo expuesto a la catástrofe en el juego de la adversidad climatológica que arruinara cosechas. Pobres que cuando se nos recuerda en el cine cómo vivían (según ahora lo podemos retratar) terminan afligiéndonos en un aire de pena por lo difícil de vivir así, por los niños “moco colgantes” y sucios que pululan por las imaginadas lluviosas y no asfaltadas calles, por las enfermedades a las que estaban expuestos sin más medicina que el viático de despedida. Pobres de solemnidad. De dar pena. De lo que se llamó “los parias de la tierra”, o acompañando una conocida melodía “… los pobres del mundo”.

Hoy la situación es claramente distinta. Vivimos, al menos los que tenemos la suerte de habitar esta parte del planeta, en una sociedad “confortable” donde nuestros hijos acceden a  determinados niveles educativos; gozamos de un sistema de sanidad con vocación universal que aunque lo están intentando no acaban de desmontar los interesados en hacer negocio también con algo tan preciado como es la salud; seguimos administrando un entramado público de protección social que hoy por hoy es capaz de paliar aunque sea en parte los desajustes sociales más perentorios y nuestra cultura social nos impulsa a aportar desde la solidaridad ciudadana recursos que atenúan los impactos negativos que las leyes del mercado trasladan a los más precarizados.

Ya no vivimos con las imágenes de “qué pobres trabajadores…” de otras épocas, hasta que nos vamos dando cuenta por lo que leemos, oímos, comprobamos, que cada vez hay entre nosotros, sí entre nosotros y bien cerca, trabajadores que aun trabajando, aun empleándose en el quehacer diario con toda su intención malviven porque no llegan a fin de mes, porque necesitan complementar su salario con ayudas complementarias públicas o procedentes de la solidaridad ciudadana. Se habla de “trabajadores pobres” como aquellos que aun teniendo un trabajo asalariado éste nos les permite mantener un nivel de vida acorde con los mínimos de la “opulenta” sociedad en la que viven y han vivido toda su vida. Batimos records a la hora de aportar ropas y llenar las estanterías del banco de alimentos porque no nos gusta que nuestro vecino lo esté pasando rematadamente mal pero cada vez nos toca tener más conciencia de que el sistema económico tal como está concebido ya no es garante de los niveles de vida mínimos que dábamos por resueltos en nuestra “enriquecida” sociedad. Recuperación económica (crecimiento del 3’2 % en 2015) no es sinónimo de recuperación social (se incrementa la pobreza, la desigualdad y la precariedad). Un tercio de la población está en riesgo de pobreza y exclusión. ¿Y la población infantil? Un tercio de los asalariados según la Agencia Tributaria son “seiscientoeuristas”. Ser mileurista es ya para muchos una utopía en España. Y ¿qué decir de los que habiendo trabajado casi toda una vida se han quedado a las puertas de la jubilación sin posibilidad de completar su carrera laboral en condiciones para alcanzar una merecida pensión porque la no cotización de los últimos años les va cercenando lo que en tantos años han ido contribuyendo con justa esperanza?

Ahora que tenemos toda la clase política enredada en la grandilocuencia del tremendo respeto que debemos al mandato constitucional (CE), sólo se me ocurre recordar lo que dice su artº 35 cuando dice que “Todos los españoles tienen el deber de trabajar y el derecho al trabajo, a la libre elección de profesión u oficio, a la promoción a través del trabajo y a una remuneración suficiente para satisfacer sus necesidades y las de su familia…”

¿Por qué será que este artículo se puede obviar e incumplir a diferencia de otros que se nos dice son sagrados e inmutables?