Estamos todavía los y las donostiarras de todas las edades y condición despejando nuestra cabeza en un intento, frecuentemente baldío, de que dejen de sonar en esa caja de resonancia que paseamos encima del cuello los sones de lo que se conoce como “tamborrada” y que sobre la caricaturización de episodios bélicos protagonizados por invasores varios que según el momento de avance o repliegue iban cambiando de signo (unas veces porque se expulsaba al “francés” por parte de los ingleses con apoyo de portugueses, otras porque los que entraban por la cercana frontera eran franceses que llegaron a imponerse durante un tiempo en España), pillaban siempre al pueblo llano en medio de la refriega sufriendo todo tipo de atropellos, incendios, violaciones, asesinatos, rapiña a tutiplén a expensas de la licencia que los ejércitos daban para ello a la soldadesca que completaba su exigua paga con lo que pillaba de paso en la contienda.

Nada nuevo bajo el sol. Nada que no siga sucediendo en lugares no tan lejanos donde se continúa masacrando al que nunca decide ni cuándo ni por qué tiramos unas bombas.

Pero los (las) donostiarras según dice la historia supimos enterrar el dolor y el sufrimiento padecido y bajo los auspicios de San Sebastián, mártir recordado y patrón de la ciudad, fuimos desacralizando la celebración pasando a instituir el día del santo patrón cada 20 de enero (es decir sin tiempo a gestionar la cuesta de enero y recuperarnos de las cuchipandas navideñas) y con los repetidos y repetitivos acordes del maestro Sarriegui mezclamos uniformes militares y sus tambores con otros atuendos más “simpáticos” y blancos como son los de cocineros y sus barriles, “gastadores” de chirigota, cantineras y un variopinto y colorido conjunto de personajes enrolados en un ejército multicolor. 24 horas de desahogo festivo y a por otra cosa que pronto llega el carnaval precedido por los “caldereros” que también dice la canción “vienen de la Hungría”. Así de dura es la vida aquí cerca de la frontera.

Añado como comentario, y de ahí el título, que la fiesta de este año ha incorporado como acontecimiento la ceremonia oficial de la declaración de la Ciudad como “Capital Europea de la Cultura” junto con la polaca Wroclaw, lo que además de la programación de eventos de signo cultural a lo largo de todo el año pone de relieve la identificación con unos “valores” ciudadanos que queremos compartir como donostiarras y europeos en un juego de “ilusión colectiva” desde el que superar un contexto sociopolítico difícil cuyas secuelas siguen estando muy presentes y su plasmación en una acción ciudadana que apueste por la “Cultura para la Convivencia” como arma de calado con la que aprender a afrontar la diversidad, la discrepancia en ideas, la superación de desigualdades como problema de dimensión internacional con toda la problemática de conflictos de convivencia añadidos y la fractura social consiguiente.

Hemos puesto en escena la inauguración de la capitalidad para este año especial como oportunidad  para nuestro crecimiento como sociedad vasca abierta al mundo, y nos moveremos en esa especie de “gran ola ciudadana” (Olatu talkak) que nos debiera de llevar a una mejor posición en la multiculturalidad en la que vamos creciendo.

Y cuando he hecho referencia a esta gran ola, no puedo evitar pensar que para los que vivimos en el litoral la ola es algo que siempre nos llega, una tras otra, para morir en nuestras playas y desembocaduras fluviales. Creo que ahora nos toca a nosotros imaginar cómo vamos a generar olas en dirección contraria, olas que partiendo de nosotros buscarán contagiar e irradiar esa nueva cultura que nos permita convivir en nuestras diferencias, colaborar entre diferentes, hacer más habitable el planeta empezando cada uno desde su patria chica.

Bienvenida sea la efeméride celebrada si sirve para algo de lo dicho, más allá de que nos haya gustado más o menos la ceremonia inaugural que es ahora mismo un tema caliente en el vecindario y en los medios locales, calentado además con 660.000 € de presupuesto consumido.

Siguiendo la simbología inaugural, crucemos el imaginario puente de la convivencia al encuentro de la otra orilla, al encuentro del diverso, del diferente.