Voy a tratar de dar un salto en el tiempo e intentar atisbar si puede haber alguna relación entre algo que se nos dice tiene su origen en un mito griego (se refiere al escultor Pigmalión) reelaborado posteriormente por la cultura romana de la mano de Ovidio en su Metamorfosis (llevado incluso al cine  como My Fair Lady en tiempos más recientes), y alguna de las creencias que forman parte del acervo cultural subyacente en la gestión de GUREAK. El mito se refiere a que “el escultor se enamoró de una de sus creaciones a tal punto que en su apasionamiento trataba a la escultura como si fuera una mujer real, como si estuviera viva. La escultura termina cobrando vida después de un sueño de Pigmalión y pasó a nombrarse como el efecto con dicho nombre ya que superó lo que esperaba de sí  mismo y al creer que la estatua estaba viva ésta llegó efectivamente a estarlo”.

Ese algo se denomina como el “Efecto Pigmalión” que de alguna manera aborda el fenómeno por el cual el mero convencimiento que tiene una persona, que tenemos cualquiera de nosotros, puede influir decididamente en el rendimiento de otra, incluso si se produce de manera claramente inconsciente. El hecho de establecer expectativas positivas de que alguien puede de verdad alcanzar una meta contiene una fuerza en forma de confianza que nos llevan o acercan al logro soñado. Expertos en psicología hablarían de la “profecía autocumplida”.

Esperar lo mejor me acerca al resultado positivo. El efecto Pigmalión en positivo busca sacar de la gente un potencial oculto que en su opción contraria, es decir el Pigmalión negativo y su carga de lenguaje interno “tóxico”, nos llevaría a desistir del esfuerzo en la búsqueda de la superación de metas y dificultades.

Podemos pensar que se trata de una idea, de una actitud, que tiene efectos importantes para los que tienen interés en mejorar el comportamiento y el rendimiento de otras personas sea en el mundo  educativo o en el laboral.

Ser “Pigmalión positivo” exige como punto de partida eliminar prejuicios, dosis de paciencia y benevolencia, y búsqueda del talento de cada uno para su potenciación mediante acciones en esa dirección.

No queda muy lejos de la regla de “presunción de capacidad” que hemos sólido “predicar” desde hace años en nuestra organización GUREAK con la cantinela añadida de “Potenciando capacidades”, “Gaitasunak lantzen” que presiden nuestra cabeceras y documentos.

Dicen los estudios que desde el momento en que vemos a una persona a nuestro cargo, a un compañero, con las gafas de la ilusión de que esa persona vale para tareas más complejas, para desarrollos progresivamente de mayor exigencia, se abre un espacio para fijar nuevos retos, reforzar la motivación de los implicados y desencadenar acciones para que “las cosas realmente pasen”.

La convicción en las capacidades condiciona el trato que damos a la persona, y a todos, padres, educadores, mandos intermedios, compañeros con distintos grados de responsabilidad en la empresa nos toca asumir ese rol de Pigmalión que de manera constante y machacona se pregunta ¿qué tiene esta persona que yo pueda mejorar y potenciar?

¿No vemos acaso los ejemplos que en el mundo del deporte competitivo nos enseñan las mejoras en el rendimiento individual y colectivo que se producen a partir de la gestión de la confianza y de los apoyos?

Nuestra lucha sigue siendo la de creer que con estos apoyos y la formación requeridos toda persona puede acceder a estadios de integración y de inclusión social acordes a las expectativas que nos hayamos planteado y asumido en un proceso de autoconvencimiento.

Hubo quien dijo que “somos lo que los demás esperan que seamos”. Apuntemos pues con realismo a expectativas algo superiores en el potencial de cada persona y confiemos en que al final la profecía se autocumplirá.