El fenómeno no llega a categoría de “disrupción” que es lo que algunos optimistas del sector más favorable al cambio radical en el mundo de la política querían llegar a vislumbrar cuando arrancó la última contienda electoral, pero no cabe duda de que algo ha sucedido, está sucediendo -y  quién sabe cómo y hasta cuándo se sostendrá en el tiempo- que ha roto la quietud de los que nos ofrecían continuidad en la confianza de que con ellos llegaría el futuro con mejoras a las que se podía aspirar.

Algo ha sucedido que ha acelerado sobremanera la evolución en la dinámica de la gestión de la cosa pública y de la representación parlamentaria abriendo el melón de la duda acerca de cómo se resolverá el juego de mayorías y reparto de poder, control de instituciones poderosas en las que siempre conviene tener “a los nuestros” no vaya a ser que nos descabalguen “con lo bien que lo veníamos haciendo” y perdamos el “cocido” y las prebendas a las que estábamos acostumbrados.

Por eso me pregunto si nos toca hablar de evolución o pasamos a ver el actual momento sociopolítico como en estado de ebullición por el importante número de ingredientes que han empezado a agitarse, convulsionarse,  chocar en el baile ascendente descendente de ese caldo que se ha puesto a hervir y que aun cuando levantemos la tapa de la cazuela para que se airee y enfríe continúan bailando hasta que la mano bondadosa de un acuerdo o pacto reduzca el foco de calor y se inicie el proceso de reposo de todos esos trozos ya reblandecidos por la lucha sin cuartel a la que han estado sometidos.

Se podía pensar hasta un pasado muy reciente que se podían cocer y controlar la lista de disconformidades y quejas teniendo el puchero “a fuego lento” sin peligro de que pudiera desbordarse. Al fin y al cabo un poco de agua fría de vez en cuando era suficiente para que la cosa siguiera bajo control. Pero cuando la temperatura ha ido subiendo con más fuerza e ímpetu hasta alcanzar ese nuevo estadio de burbujas imparables, “hay dios mío”, “quién arregla esto ahora”.

Los listos podemos decir que “se veía venir”, pero nada es más cierto que hasta que nos pilla el toro no terminamos de afrontar los problemas que tenemos enfrente y que cuando esto sucede las soluciones ya se han tornado más difíciles e imprevisibles.

Pasa en todos los órdenes de la vida. También en la empresa. Nada es más suicida que no preguntarse por cómo podemos adelantarnos a los problemas que pueden surgir, nada más irresponsable que no tratar de intuir por dónde nos vendrán las nuevas dificultades y ajustar con tiempo nuestras organizaciones a lo que “demandan los nuevos tiempos”.

El mundo animal nos enseña que antes de atreverse al asalto definitivo se producen entre los líderes de cada especie esas fases de amago, advertencia, exteriorización de atributos, pavoneo y acoso al competidor como juego necesario y previo sin el que parece que la conquista pierde su sentido. En esas estamos. Aunque no sepamos si el objetivo es macho o hembra. Sí sabemos, porque nos lo ha dicho un obispo, que la sociedad está enferma. Qué casualidad que se haya dado cuenta de esto después de unas elecciones cuyo resultado no le ha debido de satisfacer y no lo hiciera antes cuando la enfermedad hace tiempo se había ya convertido en crónica y pandémica. Pero “doctores tiene la santa madre iglesia” reza el refranero.

En fin. Que volvemos a estar en la encrucijada en la que nos toca resolver cómo gobernamos nuestros intereses, los de los ciudadanos, en busca de soluciones justas y que reduzcan la creciente e imparable desigualdad.

Y pregunto, ¿qué nos conviene? ¿Atizar el fuego para que siga hirviendo el caldero? ¿O levanto la tapa y le echamos algo de agua tibia para que temple y repose?

P.D.: Imagen tomada del vídeo de ULAP2