Creo que a todos se nos ha ocurrido alguna vez en presencia de algún desaguisado, despropósito, o de alguna situación escandalosa que exigía alguna intervención para interrumpir  el fiasco, aquello de la llamada de “que venga el jefe”, “dónde está el dueño”, “de quién son estos niños”… Ante un desastre cualquiera que supere nuestra capacidad de solución inmediata, clamamos en demanda de ayuda e instamos a que se persone algún responsable, el jefe, el dueño, o el “padre de la criatura”.

Es un poco lo que pasa ante el descomunal desastre humanitario de la inmigración forzada de esos cientos de miles de exilados que huyen de las guerras, cuando no del hambre (aunque a éstos se les quiere clasificar ahora en un segundo nivel de derechos a la supervivencia). Y me sale preguntarme ¿dónde están los que mandan, los que tienen las claves de la gobernanza mundial? ¿Acaso no se sabía que a no tantos kilómetros de donde vivimos se estaba gestando y acumulando una olla a presión que iba a explotar en múltiples direcciones en una desesperada búsqueda de “algo mejor” para ellos, sus hijos, sus allegados? ¿Es que los analistas de la geopolítica no habían informado de las consecuencias previsibles de los distintos frentes bélicos que seguimos teniendo abiertos en pleno siglo XXI? ¿Se puede invadir Irak y no calcular lo que sucederá después? ¿Y qué decimos de Afganistán? ¿Qué estamos haciendo en Siria? ¿Sabemos quién es nuestro aliado en el proceso de búsqueda de una solución pacificadora? ¿Hasta cuándo aguantaremos sin encontrar solución al conflicto palestino e israelí? ¿Y qué pasa en Mali, en Libia, en Somalia, Eritrea…etc.?

Y no hablo de Latinoamérica porque aunque hoy he saludado a un lector de este blog de Puebla (México), un saludo Fernando, mi desconocimiento me impide comentar nada en relación a los procesos migratorios del Sur al Norte en todo aquel continente.

Me parece escandaloso (aunque bienvenido sea) que recuperemos nuestra predisposición a la solidaridad cuando las consecuencias del drama llaman a nuestra puerta, y nos pongamos entonces casi a competir para que se vea quién es más solidario, pero no estamos tanto o más activos a la hora de incidir en las causas, para evitarlas, reconducirlas, mitigarlas, buscar alternativas, imponer el mínimo de justicia al que tenemos derecho todos los humanos.

Nos alarmamos con las consecuencias cuando ya es muy tarde y se ha producido el desastre, pero somos incapaces de actuar en la fase de gestación de esas causas que alimentan y producen el desastre futuro sin que movamos un solo dedo (siempre hay excepciones) en la denuncia de la situación que inevitablemente traerá consigo una consecuencia no deseada. La consecuencia nos moviliza, pero no asumimos un papel activo como ciudadanos (tendría que ser a escala mundial) en los momentos en los que el juego de intereses provoca decisiones de las que no se puede derivar otra cosa que más miseria, injusticia, hambre, depravación y muertes.

Lo vemos a escala mundial pero también sucede aquí más cerca cuando determinados conflictos que se han ido alimentando en un desfile de prepotencia y decisiones erróneas salta a la escena pública como problema irresoluble que apunta a la secesión, al “adiós España adiós”, y nos aboca a todos a un camino sin retorno de desenlace incierto.

Y nos preguntamos si no será ya muy tarde para intentar una solución, y nos seguiremos interrogando acerca de por qué ha sucedido esto así. ¿Es que no había nadie en el puente de mando que pudiera ver lo que se estaba cociendo? ¿Acaso no ha habido además quien ha ido echando gasolina al fuego?

Volvamos como ejemplo a los sirios que es lo que ahora más nos pesa. ¿Podemos hablar de cómo acoger y humanizar la inmigración de cientos de miles de personas de esa condición sin que seamos capaces de parar, frenar o incluso acelerar el final del conflicto, de la guerra en este caso, que produce ese desastre humanitario que está sucediendo a unos pocos miles de kilómetros de nosotros y que se ha acercado hasta llamar a nuestra puerta aunque hayan tenido que desplazarse andando y con los hijos y personas mayores a cuestas durante días y cientos y cientos de kilómetros? ¿Ponemos parches mientras siguen lloviendo bombas que por cierto “alguien” fabrica y vende?

Y ¿cuántos nuevos desastres no estaremos generando al no hacer frente a la desigualdad social, a la destrucción del planeta y de todo el ecosistema, y a tantas otras situaciones?

Toca cerrar filas para atemperar y humanizar las consecuencias, pero ¿no deberíamos ser más activos, conscientes y beligerantes en el origen del problema, en la gestación de lo que real e inevitablemente desencadena las mismas?