No voy a hablar del DIU (dispositivo anticonceptivo al uso) sino del DUI, acrónimo de lo que se predica como “Declaración Unilateral de Independencia”. Para no perder el tiempo, me declaro de entrada acérrimo defensor de la libertad de todos y cada uno de nosotros para decidir lo que según nuestro mejor criterio y ante el análisis de las distintas alternativas que se nos presentan es nuestra opción vital, nuestra manera de gestionar la existencia (temporal y muy corta por cierto) en este planeta.

Me gusta decidir por mí mismo (o pensar que así lo hago), una vez valoradas y apreciadas en la medida en que sea posible (no es fácil abstraerse del ruido mediático), cuál es la opción que mejor encaja en mi manera personal de entender la vida y de resolver el conflicto de mi individualidad y mi participación en la colectividad en la que ésta se halla y desarrolla. Muchos estudiosos y pensadores nos anteceden en la reflexión sobre esta problemática del individuo y la sociedad a la que pertenece, por lo que poco podré aportar por mi parte.

Pero sin querer entrar en un juego de palabras fácil, pienso que cuanto mayor sea el nivel de “independencia” que quiera asumir (otra cosa es la que pueda conseguir), tanto mayor es mi dificultad en definir el sistema de “interdependencia” en el que quiero vivir. Pienso que la voluntad de ser independiente, dueño de uno mismo en toda su relatividad, no es sino el punto de partida para definir las pautas, las reglas de juego, de un estadio inevitable y superior que es el de definir cómo queremos “estar con otros”, con esos otros que uno no siempre puede elegir sino que nos vienen dados por geografía, edad, participación social, origen, nivel cultural, salud, residencia, juego de poderes, historia…

Es posible que desde la posición de independiente (en menudo lío me estoy metiendo), el verdadero reto vital, el que puede producir un acercamiento a determinados niveles de felicidad personal y colectiva, es conseguir abrir escenarios positivos, creativos, exitosos en el juego de la “interdependencia” entre personas, colectivos organizados, y necesidades individuales y sociales a satisfacer.

Me gustaría ser independiente para optar por el juego de interdependencia que más me convenga y más justo me parezca. No se trata de una opción personal para atrincherarme en una burbuja de falsa felicidad. Quiero ser libre para elegir con quién, para cuánto tiempo, por qué, acepto implicarme como miembro de una colectividad más amplia, con aceptación de la pérdida de “individualidad” que significa la adscripción a grupos más amplios con todas las connotaciones que el “grupo”, ése que he elegido, tenga.

Soy consciente de que el lenguaje político hoy día es otro. Es más coyuntural, cortoplacista, no tan amante de la libertad de discernimiento individual como del seguidismo fiel de los que conformarán la masa de seguidores a determinada causa, aunque sea como sea, también es cierto que por “algo” termina siendo eso así.

(“De aquellos polvos… estos lodos”). (“No querías taza… pues toma taza y media”).

Y saltamos al “derecho a decidir” como Pueblo (¿qué será?), País, Nación para replantearnos casi desde cero (¡hay si se pudiera!) la interdependencia deseada.

Estamos en puertas de meses “entretenidos” (por no aburridos) en los que nos tocará ser testigos (aunque indirectamente algo actores) de una dinámica cambiante que evolucionará desde la actual mala pinta de la cosa (no me gusta nada la orina del enfermo decía un buen amigo) a abrir nuevas puertas y escenarios porque el “conflicto” es por definición la antesala (conditio sine qua non) de un nuevo tiempo de “creatividad”. La energía liberada en la actual confrontación política que nos llega con aires mediterráneos será el germen de un nuevo sistema de “interdependencia” que satisfará algo mejor las distintas opciones.

Para eso quiero ser independiente. Para definir con “otros” mi interdependencia.