Decir de algo que es la pera nos lleva a todos, entiendo, a pensar que estamos hablando de algo que llama la atención, que es importante, que tiene mérito. ”Es la pera como juega”. “Es la pera lo que ha conseguido fulanito… y mira que no lo parecía”.

Y resulta que no. Que necesitamos enfatizar más porque esto de ser “la pera” se nos queda corto, y entonces echamos mano de un término reforzado para expresar que no, que realmente eso que descubrimos, eso que intuíamos pero se nos escondía es realmente la REPERA. Es decir, que si lo primero era el no va más, pues que esto ya es la repanocha.

Supera lo anterior. Pasa por encima de nuestras expectativas, o de nuestros peores temores, y se nos presenta un panorama increíble, impresionante, algo que nos supera, algo que desconocíamos. Es la pera, o la repera según nuestras ganas de exteriorizar la emoción que nos embarga el acceso a ese conocimiento que se nos hurtaba.

Vaya si es la repera! Pero de verdad. Y a alguien se le escapa eso de que es la repera patatera. No estamos ante una repera cualquiera sino ante una que se adjetiva como patatera. Podía haber sido zapatera, o pepera según se le ocurriera al orador de turno. Pero va a ser que no. Estamos hablando de algo que es una repera patatera. Entendidas pues las hipérboles sólo nos queda averiguar qué es lo que produce ese asombro, qué es ese algo a lo que nos referimos con esas expresiones.

Pues bien. Lo que ha quedado grabado para la historia del parlamentarismo español y de la política de este País ha sido que un máximo responsable de la Agencia Tributaria después de haber dejado claro que él por razón del cargo que ostentaba disponía de toda la información de la masa de defraudadores al fisco en nuestro País aun cuando estaba obligado a guardar secreto respecto de las particularidades e identidades implicadas, podía afirmar de manera solemne que lo que se ocultaba a los ojos de los contribuyentes y ciudadanos en general era “LA REPERA PATATERA”

Y van y nos lo dicen. Y a la cara. La mayoría ya veníamos convencidos de que detrás de todas las apariencias de supuesta legalidad había ocultas muchas situaciones de insolidaridad fiscal, mucho “contrabando” y “estraperlo” a la hora de liquidar los impuestos que se necesitan para mantener en pie eso que llamamos un “estado de derecho”, un “estado de bienestar”. Lo intuíamos. Recelábamos. Sospechábamos. Pero desde ese escepticismo, ese no creernos casi nada en el que estamos instalados (yo al menos reconozco que lo estoy), hemos pasado a escuchar a la autoridad competente decir sin arrugarse que lo que se esconde es la REPERA, que es una barbaridad vaya.

Podemos hacer bromas con otras frases que por equivocación o por traición del subconsciente se les escapan a nuestro personajes públicos y más ahora que estando como están en campaña electoral arremeten unos contra otros con lo primero que encuentran a su alcance, pero el fondo del tema no tiene desperdicio, no sirve para el cachondeo. Estamos hablando de que de manera estructural esto no funciona, no al menos con unos mínimos de decencia y equidad, y que no hay dios que lo arregle porque los que lo tendrían que arreglar son precisamente lo que lo saben, lo conocen, y cuando menos te lo esperas aparecen como partícipes, cuando no artífices, de los escándalos de fuga de capitales y ocultamientos a la hacienda “de todos” de los beneficios que obtienen por gobernar de manera oligárquica lo que debiera de estar al servicio de soluciones duraderas y confiables para todos. No. No es una broma. Esto es un auténtico desastre para la convivencia democrática por la pérdida de confianza que supone para muchos de los administrados.

¿Cómo se supera todo este descrédito si no es “regenerando” todo nuestro entramado político institucional, empezando por exigir comportamientos salubres y ejemplares a los que ocupan la cúpula de organizaciones y sistemas públicos? ¿Terminará algún día por salir a flote toda la mierda que se ha acumulado en décadas y dinastías para poder empezar a mirarnos unos a otros a la cara y ponernos a armar una convivencia admisible?