“Todo va muy bien. Mira qué buen día ha salido… Ojo que ya vendrá alguno y nos jorobará.”

Cuando todavía estamos degustando el inicio del año con perspectivas halagüeñas en cuanto a actividad empresarial, cumplimiento de objetivos sociales y crecimiento en distintos programas, nos viene la naturaleza a recordar que parte de los espacios ocupados por los humanos en el desarrollo de las ciudades y conurbaciones le fueron arrebatados en un expansionismo que no siempre previó de manera correcta alguna de sus decisiones.

Los que vivimos en esta parte de la geografía vasca que es Gipuzkoa sabemos que pisamos tierra verde durante todo el año, que nos hicimos famosos por el sirimiri, y que en las caricaturas salimos representados con paraguas negros los varones aunque en esto también, y para bien, el mestizaje nos esté coloreando.

No vamos a decir que nos gusta del todo competir con Bergen (Noruega) en pluviosidad, pero qué le vamos a hacer. Para eso tenemos la ropa preparada, calzado apropiado, y todo confiando en que pronto escampará y retomaremos las referencias mediterráneas con el cambio de vestuario, desentumecimiento, adiós a la inacabada gripe y resfriados, y silencio ambiental en el coche al no precisar el movimiento cadencioso y ruidoso de los limpiaparabrisas.

Pero mientras estas cosas se suceden en el juego de las cuatro estaciones del año, mira por donde batimos récords en febrero con una acumulación de lluvia no conocida en los últimos 44 años que en ese llanto ininterrumpido de los cielos nos han regado con más de 500 litros por m2 que no hay manera de evacuar. Ríos que se desbordan y vuelven a ocupar los terrenos fértiles de las vegas donde antes de ser ocupadas tenían su aliviadero y recurso expansivo natural, y una tierra que ya no filtra más, que cual inmensa esponja no es capaz de chupar y sostener más agua que la que ya ha llenado todos sus intersticios, sus huecos, sus vacíos, sus canales interiores, sus cavidades, sus ríos subterráneos.

Y en ese panorama, una ladera de montaña que se desliza, según me cuentan los que fueron testigos, de manera lenta, lentísima, pero inexorable, y en su empuje por la presión de las aguas acumuladas en su seno, va moviéndose a cámara lenta para primero desplazar y poco a poco engullir una estación de servicio en la N-1 en Tolosa en la que GUREAK en base a sus acuerdos con REPSOL mantenía una actividad empresarial sostenible, rentable, con 15 personas con discapacidad contratadas. Estamos hablando de la primera unidad de negocio de este perfil que pudimos poner en marcha hace casi 20 años y que en la medida que además de viable nos aportaba un trabajo cara al exterior bien valorado por los usuarios y clientes que transitan por una autovía de primer orden nos duele aún más pensar en que por segunda vez en tres años sufrimos un incidente natural catastrófico de este calibre del que va a ser difícil salir y remontar. Abriremos la espita de la búsqueda de soluciones con los seguros, con REPSOL, con los geólogos que por cierto están entre los protagonistas de algunos errores cometidos, y esperaremos que el primer sol de la primavera que se avecina seque además de la tierra encharcada alguna lágrima de impotencia vertida por alguno de nuestros gestores.

Sí quiero deciros en este blog una cosa. Y es que la primera decisión que ha tomado el equipo de dirección de GUREAK a las pocas horas de sucedido el desastre es que no va a actuar de la manera considerada estándar, es decir rescindiendo los contratos de los trabajadores ante el cierre de la actividad o aplicando medidas drásticas en aras de salvaguardar las maltrechas cuentas económicas. Todas y cada una de las 15 personas empleadas, todas ellas con capacidades diversas, serán objeto y sujeto de estudio de su empleabilidad para su recolocación en alguna de las variadas y distintas empresas y centros de trabajo de los que disponga GUREAK con lo que la gestión de los próximos días (cuando leáis esto ya se estará haciendo) tendrá esta prioridad en los departamentos y técnicos que correspondan. Esperemos que se produzca el no siempre fácil acuerdo entre los intereses de las personas afectadas y las ofertas que en este caso las empresas podamos ofrecer dentro de las alternativas al alcance.

Son los valores que a una iniciativa como GUREAK le corresponden, es el esfuerzo que tiene sentido en nuestro caso si se quiere reducir el impacto social de la tragedia (podía haber sido por cierto más grave), y es algo que opongo en contraste con el modelo de estaciones de servicio low cost que ahora mismo está en el candelero y que a cambio de un débil abaratamiento de los precios barrerán haciéndolos desaparecer tantos y tantos puestos de trabajo como los que a nosotros la montaña nos ha derrumbado.

Es un tema para el debate. El low cost nace por definición para eliminar mano de obra y abaratar determinado servicio como puede ser en las llamadas “gasolineras”. La sociedad tiene que optar por exacerbar o no este recurso y pensar en paralelo que alguna solución tiene que encontrar para lo que destruye. Lo comido por lo servido se dice. Pues bien. En GUREAK y quiero pensar que en la economía social en general la opción es clara. Necesitamos un funcionamiento de la economía que sea inclusivo incluso para las personas que tienen mayores dificultades y esto lo defenderemos incluso cuando nuestra geología y meteorología circundante nos reten a superarnos.

¿Tú qué eliges? ¿VALORES? ¿low cost?