Reconozco que sentado ante el teclado en un nuevo intento de transmitir, confesar, exteriorizar alguno de mis pensamientos, no se me hace nada fácil abstraerme del ruido mediático de la contienda electoral, o quizás electorera, y tirar del hilo de alguna idea que nos ocupe en el día a día de ciudadanos mortales, algo aturdidos, a la búsqueda de horizontes estimulantes y positivos. Repito que nada fácil.

Continuamos sin remedio envueltos en esa nube tóxica que cada día se carga más y más con la interminable cadena de denuncias de malversación, compra de voluntades, ocultamiento y tergiversación de la verdad, que al cubrir y ocupar nuestro cielo otrora azul dificultan nuestra oxigenación, nos impide respirar de manera saludable, y nos agobia de tal manera que irremediablemente nos convertimos en seres de andar cansino a los que sólo un rayo de esperanza podrá sacar de su adormilamiento resignado. No tengo duda de que la peor actitud ante la adversidad y la calamidad es la de “darte por jodido”, la de pensar que esto no tiene remedio, que siempre ha sido y será así, y que el devenir no nos depara escenarios en los que nosotros y los nuestros vayamos a encontrar salidas para una vida más digna entre ciudadanos menos desiguales y en la que las oportunidades se presenten al alcance de quien las busque sin perjuicio de su origen, raza y capacidad.

Tengo en la mente la imagen reciente de una nube tóxica sobre los habitantes de Igualada en Catalunya y me acordé de nuestros amigos de AURIA, organización homónima a la nuestra de GUREAK. No tuve el detalle de llamarles e interesarme por las dificultades en las que se podían encontrar, pero sí retuve en la retina ese color anaranjado, denso, que cubría cual sucia capota su cielo. Quiero pensar que los ciudadanos afectados no dudarían de que tarde o temprano una oportuna lluvia, un cambio en la dirección del viento, una evolución favorable de la toxicidad acumulada, les permitiría volver a la normalidad y proceder al olvido de la alarma encendida.

Y ahí es donde pienso que la toxicidad que estamos acumulando como consecuencia de la podredumbre de los comportamientos públicos y de las transacciones económicas de este sistema mal llamado “liberal” se diferencia, pero a peor, de la concentrada en la nube de Igualada. Esta supongo que pasó, y como todo lo que sucede en el planeta tierra, se difuminó en partículas más pequeñas, invisibles, infinitesimales, que continúan sobrevolando sobre nuestras cabezas como si aquí no hubiera pasado nada. Claro que pasa pero queda disimulado bajo esa capa de ozono sufriente y con capacidad de defensa decreciente bajo la que estamos.

Pero la toxicidad de origen “no químico”, es decir la propiciada por el entramado de intereses, juegos de favor, búsqueda del beneficio inmediato a costa de lo que sea y de quien sea, el vaciamiento descarado de bienes públicos, la tergiversación de la realidad al servicio de la acumulación insufrible de poder y del beneficio, cueste lo que cueste, y cueste a quien le cueste, esa no se irá con tanta facilidad ni se desparramará por el ancho mundo permitiéndonos recuperar una respiración de aire limpio, saludable.

Creo que el proceso en el que estamos en el que se han abierto las cloacas de la “urbe” que habitamos para lanzarnos su dosis diaria, semanal, mensual de vómitos malolientes sería soportable si pensáramos que forma parte necesaria de la catarsis que nuestra sociedad viene precisando. Sería estupendo que tras una etapa dura en la que nos conviniera andar con “mascarilla” para soportar los efluvios apestosos que sin tregua fueran saliendo para desenmascarar “lo corrupto” pensáramos que viene un nuevo tiempo en el que se nos brindará la posibilidad de empezar a hacer las cosas mejor, a regir la convivencia respetando al débil, a cumplir con unas reglas de juego sin trampas, sin engaños, sin tanta hostilidad. No estoy pensando en el mundo idílico de Rousseau, pero sí en que los peores momentos se soportarían mejor si creyéramos que hay salida al otro lado del túnel, de que esto es pasajero y de que la “limpia” que nos está tocando hacer y presenciar tiene justificación y final, y que seremos capaces de rearmar la vida política al servicio de ciudadanos que votan con criterio y no arrastrados una vez más por cantos de sirena y promesas cuyo incumplimiento perpetúa el desastre.

No se me ha ocurrido otra cosa para no hablar de si el Osasuna ha amañado partidos, de si las quinielas están viciadas porque el “gran dinero” puede alterar resultados en una ingeniería “criminal” de nueva generación, de cómo se compran votos de representantes sindicales en la banca, de cómo se pavoneaban con dinero ajeno “empresarios” que se atrevían además a representar al “empresariado” español, de cómo se comportan los medios de comunicación todos ellos al servicio de los que les “pagan” y no de la verdad, de cómo hacer negocio con el desempleo (otros lo han hecho siempre con las guerras). Miremos donde miremos llega un nuevo tufo de mal olor. Tufocloaca

 

Por eso me he refugiado en la “palabrería”. Para no hablar más en concreto de toda la “indecencia” que nos rodea.