“Aplaudidor” es ni más ni menos que “el que aplaude”, de la misma manera que su contraparte femenina será  “aplaudidora”. Bien mirado, aplaudir puede tener un buen sentido positivo cuando nos referimos a reconocer méritos, éxitos, esfuerzos de alguien en pos de algo. Pero menuda sorpresa la mía cuando leo que ser “aplaudidor” es un nuevo oficio en este cochambroso nuevo sistema de contratación laboral según el cual la práctica totalidad de las empresas productoras de programas de televisión/espectáculo reclutan a gente necesitada de conseguir unos ingresos para su subsistencia acudiendo a la convocatoria de intermediarios especializados en ello para engrosar las filas, asientos y gradas de los plató televisivos y se entrenan en la obediencia ciega a los dictados del maestresala de turno que les indica con un gesto programado cuándo se aplaude, cuándo se grita, cuándo se expresa entusiasmo y cuándo se aclama como victorioso no se sabe muy bien a quién pero en definitiva al que tras las imágenes maquilladas de los estudios resultará ganador en un programa-concurso con mucha audiencia. Informan de que 10 € puede ser la compensación económica tras largas horas de autobús para acudir al polígono donde se ubican los “estudios”, participar en el ceremonial y retorno al punto de partida. Habrán aplaudido aunque no sabrán muy bien a quién ni por qué, pero al menos ese día se podrán pagar un bocadillo y una cajetilla de cigarros (el que fume).

La verdad es que visto así no me parece nada atractivo ser aplaudidor. Pero tampoco me gusta cuando se produce por sistema en otros escenarios de la vida en los que de una manera más o menos clara el que ostenta el poder y asume la parte alta de la jerarquía de una organización (cualquiera que sea ésta) puede llegar a vivir flotando sobre una apariencia de conformidad y de adhesión incondicional (muchas veces aparente) que surge de una praxis de no confrontación de ideas, de no plantearse alternativas, de renuncia (por comodidad, por prudencia, por miedo, por seguridad) a la discrepancia razonada.

Ser hombre o mujer “libre” exige cierta capacidad de “pensamiento propio” y de espacios para su expresión, pero me sale pensar que cada vez es menos habitual, menos fácil en la vida de las organizaciones que las personas saquemos a relucir con sinceridad todo el trasfondo de nuestros pensamientos, ideas, propuestas y consideraciones. Es una sensación en esta mi postrera etapa profesional en la que me encuentro, que por cierto  no es muy compartida por los compañeros de trabajo cuando la sugiero.

Sea en cualquier caso más o menos cierto lo que digo, y tenga o no el tema el peso que a mí se me puede ocurrir (vaya ocurrencia dirá lógicamente más de uno), sí creo que podemos defender con convencimiento que las organizaciones más creativas, integradoras, motivadoras, serán justo aquellas en las que cada persona encuentre su lugar para emitir sus aportaciones, aportar ideas diferentes, manifestarse en su diversidad. Si el agua de un estanque no se mueve y agita, surgen malos olores de los procesos de putrefacción incipientes.

Y no vale que este acceso a la participación se quede en la cúpula de los “listos” que algunos ocupamos en los organigramas de las empresas. Debe de ser un proceso abierto y estimulador para el mayor número posible de partícipes.

Me está tocando conocer para bien y para mal organizaciones, algunas poderosas, donde la “discrepancia” es vista casi automáticamente como “disidencia”. Mantener una posición “propia” se interpreta como un atentado al “orden establecido”. Pero ¡qué se habrá creído éste! En lugar de indagar las bondades latentes en el pensamiento contradictorio.

El aplauso sistemático empobrece mentes, recorridos personales, organizaciones y empresas, perpetúa ineficiencias, da vida a las tiranías,. Ir al plató a aplaudir durante horas y horas por 10 € y cuando lo dice el “jefe” forma parte de lo que ahora algunos llaman el “precariado” como subproducto decadente (nuevas situaciones de esclavitud) de lo que históricamente se llamaba “proletariado”. Pero decir sí y amén de manera recurrente en foros donde el gran valor a extraer es el del enriquecimiento mutuo como resultado de una positiva oposición de criterios también nos reduce a poca cosa, constriñe expectativas empresariales, atocina sectores de actividad y países enteros.

Echemos al menos algo de “chispa” a nuestra convivencia y relaciones. ¿Asomará alguien en desacuerdo con lo dicho? Bienvenido sea. Ongi etorri.