…estos lodos”. Es el refrán que me viene a la mente al ponerme a recuperar presencia en este blog y con el que la sabiduría popular sabe significar que muchos de los males que se llegan a padecer son consecuencia de errores y equivocaciones de diversa importancia producidos con anterioridad en ocasiones sin plena consciencia de ello.

Cuando se produce la tragedia, y cuando ésta nos alcanza cerca, se inicia la carrera de pensadores, politólogos, expertos sociales y tertulianos de todo tipo a la búsqueda de las causas, las razones y explicaciones razonadas que nos ayuden a entender lo que sucede, lo que ha levantado todas las alarmas. Y entramos en ese trance colectivo del “pero qué barbaridad”, “cómo ha podido suceder”, “qué habría que hacer para evitar situaciones similares”; y van desgranando su retórica con el tinte incorporado de su posición política (previa al debate claro está) y se lanzan al viento propuestas que lo mismo valen para cerrar fronteras entre países que para aprovechar de paso para limar y reducir el derecho a la privacidad de los individuos, a sus espacios de intimidad a  partir de ahora más expuestos por razones de “seguridad”.

“JE SUIS CHARLIE” era la frase por excelencia que encabezaba las multitudinarias manifestaciones de rechazo a los atentados del extremismo islamista en París. Todos “somos”, es decir pertenecemos al lado de la víctima y nos solidarizamos con lo que representa y los valores que defendía. “Je suis basque” leí que manifestaba en prensa alguien agitado por lo que consideraba injusticia cometida hacia “lo vasco” según su autor podía entender. “Yo soy Nisman” claman en Argentina. Todos somos de alguna manera “eso” que nos identifica como pertenecientes a un colectivo, a una cultura, a un universo de creencias y modos de vida que reconocemos como propio. Y lo contraponemos a lo que nos resulta notoriamente diferente. Con y sin religiones y credos. Tan diferente que nos puede llegar a producir zozobra, miedo, incomodidad,… rechazo.

He compartido hace unos pocos días sobremesa con un exalcalde (lo fue durante 23 años) de capital de una provincia con fuerte peso de la agricultura en su economía, que me trasladaba su inquietud por la convivencia cada vez más difícil en su municipio dándome el dato de que un 25% de la población censada en el mismo era de origen extranjero con una gran mayoría de procedentes del norte de África. A todos se nos antoja difícil convivir con esa tremenda diferencia incorporada a nuestras vidas, a nuestras calles, a nuestros colegios y hospitales.

Pero, habrá que recoger la fruta y demás productos hortícolas y alguien ocupará los trabajos que no queremos los autóctonos. Quién sino acepta vivir en esos edificios de fachadas desconchadas, sin ascensor, baratos,  por no hablar de otros empleos que los “blancos” no queremos cubrir (en hostelería, construcción, trabajos duros, cuidado de personas dependientes…)

Leía a propósito de los últimos asesinatos en París y los análisis posteriores que Francia reclutó para su combate contra el nazismo en la segunda contienda mundial a más de 500.000 soldados procedentes de los países de África colonizados (Túnez, Argelia, Marruecos, Senegal…) que participaron dejándose la piel, la vida, la salud en defensa de la bandera tricolor y la República que resultó de la victoria. Entiendo que los trajimos a defender lo nuestro, lo hicieron con enorme sacrificio, y se quedaron para siempre orgullosos de esa nacionalidad que les ligaba a la metrópoli, a la nacionalidad defendida. Generaciones más tarde los descendientes de aquellos combatientes de 1ª línea de fuego en los desembarcos más otros muchos que atrajimos para aprovechar el dinamismo y crecimiento de la economía europea y de su privilegiada posición a nivel mundial parece que no se han integrado como se podía pensar. Ocupan barrios “banlieue” que no disfrutan de buenas condiciones de vida. Escasea el empleo, su formación no es la idónea, su descontento con la sociedad en la que les toca vivir busca vías de escape, de expresión, de identificación. Y algunos terminan abrazando posturas inexplicables dispuestos a arremeter contra lo que ven como agravio, como oprobio protegidos además en su fanatización por la “divinidad” por la que han optado.

“De aquellos barros…” estos fangos.

Y me pregunto. ¿Qué barbaridades no nos quedará por ver como consecuencia de las enormes desigualdades que se están cronificando y aumentando sin freno a escala mundial, planetaria, y que también podemos observar en nuestro entorno más cercano? ¿Cuál será la consecuencia de las disparatadas cifras de desempleo y ausencia de expectativas que afectan a toda una generación (vendrán otras) de jóvenes “ninis” (ni estudio ni trabajo)?

Hay causas, habrá consecuencias. No valdrá el lamento tardío e hipócrita por mucho que lo escenifiquemos de manera majestuosa entonando el “allons enfants…” que corresponda. Sólo tiene sentido actuar ahora, ya, para conformar unas reglas de juego en la economía mundial, nacional y local, que desde la conformación de una sociedad más justa prevenga ese futuro que amenaza catástrofes. Imaginemos pues cada uno nuestra aportación a la causa planteándonos aquello de aquel estadista ¿qué puedo hacer yo por mi País?