Acabamos de cerrar las páginas llenas de lo vivido en el 2014 (año nuevo / vida nueva) y ya nos adentramos en el nuevo calendario con toda esa parafernalia de desearnos unos a otros, mutua y recíprocamente, felicidad y suerte para el nuevo año. Cuando todavía tenemos prácticamente limpia la agenda del 2015, nos entra ese repetido impulso de las buenas intenciones, el “de este año no pasa” que cada uno aplica a aquello que mayor carga psicológica le supone, y que en cualquier caso no deja de ser la reiteración en los buenos deseos y promesas.

Sea pues así, pero sujetémonos al consejo de que debemos ser ambiciosos al establecer objetivos cuidando a la vez que éstos sean alcanzables con los medios a nuestra disposición porque lo contrario nos conducirá a la inacción y al desistimiento a la primera constatación de que empezamos a fallar, a no cumplir.

Entiendo que es un principio que vale lo mismo para el desarrollo personal, para la convivencia familiar, las conquistas políticas y para el éxito de las iniciativas empresariales. Sin ambición en lo que nos proponemos perseguir avanzaremos poco, nos resignaremos a una tediosa continuidad y rutina, pero en cuanto “nos pasemos de frenada”, es decir a partir de que soñemos en la apropiación de lo inalcanzable estaremos abriendo la puerta a la insatisfacción, a la frustración por quedar una vez más lejos de lo propuesto. Y echaremos pestes por no haberlo conseguido y culparemos a algún tercero de nuestro “mal fario”, de nuestra infelicidad, de nuestra desdicha.

La propia historia de la Humanidad es algo así. Un deambular continuo entre los dos polos: el de la felicidad basada en el logro y la consecución de lo deseado y el infortunio del que se cree desheredado, abandonado, excluido, al no alcanzar aquello a lo que legítimamente (así al menos creía) aspiraba. Va con nosotros, como la vida misma. Es nuestro sino.

En todo este juego hay no obstante un elemento asimismo clave: el de los medios, los instrumentos de los que nos dotamos para alcanzar los objetivos. Si fue Arquímedes quien hace más de 2000 años dijera aquello de “dadme una palanca y un punto de apoyo y moveré la tierra”, ahora deberemos de ser nosotros los que dispongamos de los útiles físicos, conjunción de fuerzas y colaboraciones de todo tipo para plantearnos sea la defensa de lo hasta ahora alcanzado o sea la conquista de eso “nuevo” a lo que aspiramos. Unos irán tras “la tierra prometida” que en su mundo de creencias les fue asignada por una divinidad inexpugnable que no ampara por el contrario a sus oponentes, y otros seguiremos en la búsqueda más pragmática de las mejoras que nuestro entorno puede permitir en aras de la superación de enfrentamientos, de mejora de la convivencia entre diferentes (todos somos uno a uno diferentes aunque una madre se puede sorprender al ver cuán diferentes han salido sus hijos unos de otros habiéndolos alimentado a todos de la misma manera…), de la inclusión social de todos los conciudadanos en base a mayores niveles de empleo y mejor reparto de las rentas generadas, y de una claridad diáfana en los comportamientos de todo lo que afecte a lo público, a lo de todos.

Puestos a pensar de dónde nos puede llegar algo “nuevo” en nuestro próximo futuro se nos presenta irremediablemente en el imaginario el enredo político donde en vísperas electorales todos nos venderán sus excelencias, sus propósitos de enmienda y su apuesta por la regeneración (justo lo contrario de lo que hasta ahora han hecho) acompañado de mensajes catastrofistas con los que amedrentar a los que se pudieran estar planteando una apuesta por “lo nuevo” que algo de eso parece que viene aunque ya se sabe que todo es nuevo al nacer y en la víspera del inicio de su envejecimiento.

Preguntémonos pues a nosotros mismos ¿donde se esconde lo que de “nuevo” debo de encontrar antes de que el 2015 empiece a marchitarse?

Que tengáis buen año… y mejor ejercicio.