Suceda lo que suceda, la vida tiende a recuperar en todos y cada uno de sus instantes las rutinas habituales, los movimientos conocidos. Es algo que aunque resulte sorprendente vemos en esos reportajes de situaciones de guerra, de barbarie, en los que a las pocas horas de cesar el último bombardeo, la vida vuelve a emerger con ciudadanos que rebuscan entre los escombros objetos perdidos, fetiches queridos, personas heridas. Vuelven los niños a improvisar su precario campo de fútbol y a dar patadas a lo que se les antoja es un balón. Visten algunos camisetas conocidas del Barca o alguna merengue, y conviven alegría y tristeza, miseria y miedo junto con esa sonrisa tras la que se esconde la esperanza de que llegarán tiempos mejores.

Me suena haber leído uno de estos días que aunque nos parezca lo contrario se ha reducido el número de conflictos bélicos abiertos si comparamos los últimos 30 o 40 años con los de las primeras décadas del siglo XX. Y de verdad que parece mentira que en la época de juventud de nuestros antepasados más inmediatos (padres, abuelos…) hubiera más barbaridades que las ahora conocidas. Eran más en número y crueldad pero también menos conocidas porque la información no corría como ahora que nos enteramos de todo lo que pasa en el planeta… corrijo, de todo lo que los “poderes” mediáticos quieren que conozcamos de lo que sucede en el mundo.

Y lo mismo sucede en nuestro entorno más cercano. Nos acostamos con toda la carga de la acumulación de noticias relacionadas con el comportamiento insano de personas e instituciones que se han lucrado de manera exagerada a costa de “lo de todos” y tan pronto como amanecemos nos enganchamos a nuestra rutina diaria, a lo que hacemos de manera repetitiva y sistemática, y cual manso rebaño en busca de su pasto preferido nos integramos en nuestras actividades cotidianas como si siguiéramos indeleblemente el mensaje de “el muerto al hoyo y el vivo al bollo”. No se nos olvida el “cabreo” que llevamos acumulado pero la vida continúa, el día a día se impone, y con cierto sentido de impotencia sobre la capacidad de cambiar sustancialmente la cosa pública resolvemos nuestra tarea (el que la tiene) como mejor podemos dedicando con más o menos énfasis entre nuestras compañías más cercanas alguna “flor” al “listo” que ha añadido algún nuevo agravio en esta interminable cadena de denuncias de abuso y corrupción.

Todo ello en una situación de conciencia individual y colectiva de que cuando nos venden lo “macro” se nos invita a creer en la proximidad de tiempos mejores (intentan además apropiarse del mérito de un posible cambio de tendencia para recibir como premio la perpetuación en el control de las estructuras del poder), lo que se contrapone al conocimiento directo que tenemos todos de lo “micro”, de esas situaciones de personas concretas que lo pasan mal, que sufren carencias graves y respecto de las cuales asumimos cierta necesidad de colaborar, de aportar alguna solución aunque sea  paliativa. No queremos cargar sobre nuestra conciencia que personas que conviven en nuestra Ciudad, en nuestro mismo pueblo e incluso calle, tengan el frigorífico de su casa vacío, además de desenchufado, y no nos importa autoimponernos una especie de nuevo impuesto con el que compramos directamente en el supermercado habitual productos no perecederos, los que nos han recomendado, para llenar hasta sobrepasarlos los almacenes y pabellones preparados para la campaña de recogida de alimentos en la que hemos decidido participar. ¿Acaso desde lo público, lo gubernamental, no se podía haber dispuesto de parte de los impuestos que ya pagamos para evitar situaciones de hambre y penuria entre nuestros conciudadanos? ¿Por qué es necesario que nos movilicemos y “autogestionemos” este nuevo impuesto que dicho sea de paso administramos en el convencimiento de que aquí sí que “no meten la mano” los que también “meten la pata”? Hemos aportado en alimentos un 60% más que los 350.000 kgs del pasado año lo que en una provincia de 700.000 habitantes como la nuestra tiene su valor.

Y la vida sigue, con sus desastres y gestos de solidaridad. La cara y la cruz en la misma moneda: en la de nuestra existencia.