Ni con monsergas y paños calientes para salir del paso cuando la ola de indignación por lo fétido del tufo que desprende la calaña de corruptos y todo lo que tocan exige una refundación de la gobernanza de un País con pretensiones de aparentar una “marca” de modernidad y de buen funcionamiento que no se corresponde de ninguna manera con lo que nos está tocando vivir.

No voy a enumerar lo que día tras día está presente en todos los noticiarios (mejor dicho no en todos porque algunos privan a los ciudadanos de noticias negativas de sus afines incluso en medios públicos), porque no es la intención de este blog dedicarse a ello. Pero no tengo más remedio que confesar que se me hace imposible no hablar de la sensación de desasosiego que siento.

¿En manos de quién estamos? ¿Queda alguien en este circo que quiera seguir recordando que había una idea que nos debía de alumbrar como es “el bien común”?

Me sorprende leer en la prensa que en la ciudad hispalense se va a multar con 700€ a aquellos a los que se les pille rebuscando en los contenedores de la basura. ¡Pobre gente! ¿Y qué sanción se prevé aplicar con idéntica celeridad a los que han metido la mano en el cazo de lo que es de todos?

A los que nos dedicamos a esto de la gestión de empresas nos suele corresponder con cierta frecuencia presentarnos a concursos públicos para la gestión de todo tipo de servicios a las distintas administraciones públicas, sean de carácter local, autonómico o estatal. Y unas veces se gana, otras se pierde. Puede ser porque se ha sabido competir y así obtener una puntuación alta que inclina la balanza a nuestro favor, o en el caso contrario resultar superado porque un contrincante lo ha sabido hacer mejor. ¿Mejor en precio, es decir a costa de rebajar condiciones laborales de los trabajadores? ¿Mejor en la defensa de las capacidades técnicas para resolver la prestación del servicio que se oferta? ¿O vale también ser mejor y más eficiente en el uso de otras “habilidades” que engrasan la maquinaria del proceso? ¿Y si todo empieza por “facilitarle” a la Administración de turno el pliego de condiciones ya redactado a conveniencia del actor contando para ello con consultores “expertos” en hacerlo?

No sigo con las preguntas que me bullen ahora mismo porque no me llevan más que a exacerbar mi tendencia a la deserción de este estado de cosas a las que no se ven visos de solución porque todos los que debieran poder buscarla están de alguna manera y grado pillados por el desastre.

Resulta ahora que haciendo un gran esfuerzo han llegado a pedirnos perdón a los ciudadanos para que templemos gaitas y no hierva la cazuela (que pronto hay elecciones). ¿Puede un ser amoral o inmoral erigirse en garante de la moral pública? Había un axioma que se decía en filosofía que decía algo así como que “nadie da lo que no tiene”. ¿Pueden ahora los mismos que han mirado a otro lado cuando en su derredor sucedía toda esa cadena de tropelías ser los artífices de la regeneración ética de nuestra maltrecha sociedad? ¿Los mismos que se estaban columpiando a costa de todos los niños del parque?

Por eso digo no a la moralina. No diré nada tampoco del sonoro silencio que me llega de los púlpitos tan expresivos en otros temas y con afonía crónica cuando del comportamiento de la clase dirigente se trata. Sobran todas las palabras incluyendo por supuesto éstas vertidas manchando de tinta este blog, y faltan soluciones radicales, no cortoplacistas, que incidan en la convicción ciudadana de que la justicia y la democracia pasan por el funcionamiento eficiente (mejor pobres pero honrados como se decía) de todo un sistema público político e institucional que afecta de manera tan directa al bienestar de todos y cada uno de nosotros.

Y que no se extrañe nadie de que cada vez sean más los que dicen que no quieren pertenecer a “este” Estado, porque también es legítimo pensar que desde el mayor control que da el manejo de lo cercano se pueden hacer las cosas mejor y más equitativamente.

¿Podemos confiar en un final cercano de “la chapuza nacional”?