Se entiende con esta acepción una fórmula de trabajo en común compartido por todos los vecinos de una aldea, pueblo o valle que se remonta a épocas “medievales” y en cualquier caso anteriores a nuestra actual cultura de gestión de lo propio y lo colectivo y que tuvo su arraigo hasta los últimos coletazos que quedan hoy en día en la organización de la convivencia en entornos rurales y que debe su expresión en euskera “auzolan”, trabajo comunitario, a su significativa presencia en la vecina Navarra y en otros puntos de Euskal Herria, si bien veo que existen referencias asturianas con el nombre de “andecha”  y se dan por conocidas experiencias similares en otras culturas de nuestro continente. Actuación vecinal que puede ser voluntaria o incluso obligada según la necesidad a atender y que se utilizaba habitualmente para la apertura y mantenimiento de caminos vecinales, ayuda a un vecino en caso de necesidad o incluso construcción de equipamientos comunes como una iglesia o ermita.

 

Cerrando o sin cerrar los ojos (ahí las manías de cada uno) podemos remontarnos con nuestra imaginación a ese tipo de organización solidaria que se generaba desde hace siglos entre vecinos, con independencia de que fueran bien o mal avenidos (de todo habría en la viña del señor como ahora…) para abordar de manera compartida, con sus reglas de juego de que cada familia debía de aportar al menos el esfuerzo de uno de sus miembros con capacidad suficiente para la tarea, una construcción, reparación o atención de alguna necesidad de la Comunidad. Y así, en esa organización de vecinos basada en la costumbre y en el saber natural de que en determinadas situaciones o necesidades concretas “había que arrimar el hombro”, se cede mano de obra, aperos, herramientas en una distribución proporcional entre todos ellos para hacer frente a una necesidad común.

 

Viene esto a cuento de las imágenes que estamos viendo en los medios de comunicación del esfuerzo compartido que se ha generado para recuperar la normalidad acostumbrada en sus vidas por parte de nuestros vecinos del Valle del Baztán y en particular en su villa de Elizondo donde, tras unas intensas lluvias torrenciales que han descargado mares en pocas horas, han visto cómo la crecida de sus ríos ha convertido en cauce sus calles principales anegando viviendas,  comercios talleres y lonjas, dejando en su bajada de nivel un suelo de capas de barro que han terminado siendo lecho de coches arrastrados, troncos, maderas y enseres ahora inservibles tras esta nueva demostración de fuerza de la madre naturaleza. No es la primera vez que sucede esto, ni será por desgracia la última.

 

Pero viendo la manera de actuar de todos esos hombres y mujeres limpiando, dicho sea de paso con agua lo que ese mismo líquido elemento ha previamente destruido y embarrado, da la impresión de que una fuerza interior latente en el subconsciente colectivo ha impulsado esa reacción comunitaria y solidaria donde, sin necesidad de que nadie haya llamado a rebato ni tocado ninguna corneta, han emprendido la ingrata e ingente tarea de reponer el desastre a lo que es su “civilizado” estado habitual, sin esperar ninguna fuerza salvadora foránea y con la satisfacción de saber que están recuperando lo suyo, es decir su casa pero también su pueblo y los bienes colectivos.

Trabajo generoso sin especulación en los esfuerzos, sin jugar a lo que hacen otros, sin esperar a que venga el predicador de turno con sus promesas. Ya habrá tiempo para el papeleo, para el seguro, para presentar daños en el Ayuntamiento, pero lo primero es el trabajo compartido.

Aquí sí que no da tiempo para listados falsos y jugar a ver qué saco en este viaje. Dicen que hace 100 años ese mismo y precioso valle sufrió unas inundaciones aún mayores, pero tanto entonces (supongo) como ahora ese trabajo en AUZOLAN como fórmula autoorganizativa primigenia ha seguido siendo el modelo de intervención.

 

Y me pregunto, ¿no debiéramos acometer como “auzolan”, todos juntos y repartiendo tareas, nuestra respuesta a un problema aún mayor y más difícil de limpiar que el de las inundaciones como es el del desempleo estratosférico instalado entre nosotros, que afecta a jóvenes y senior, a mujeres y hombres, a propios y foráneos, a algunos muy preparados junto con otros que siempre quedan algo rezagados? ¿No es acaso un tema de emergencia social? ¿Acaso nos hemos acostumbrado ya a vivir embarrados, a tener que transitar con las botas de agua puestas (los que las tenemos), a los puentes rotos y caminos intransitables, desesperanzados y sin capacidad de reacción al menos para recordar a los cuatro vientos que hubo un día en que aspirábamos al trabajo para todos, en condiciones con visos de mejora, como base para la consolidación de nuevas unidades familiares y evitar así esa despoblación y el envejecimiento de la población que ahora tanto nos alarma? ¿Esperaremos a que venga el de la “corneta” o el predicador de esperanzas vanas que surge en momentos previos a procesos electorales?

Valga al menos la voluntariosa imaginación.