Pillo esta frase a propósito del recién descubierto debate de si preferiríamos la “república” como modo de gobierno en lugar de la actual “monarquía” por parlamentaria que ésta sea, y podría valer lo mismo en el tema de referéndum y derecho a decidir, o soberanía frente a mayor autonomía, o sistema federal por qué no. Y en lugar de ponernos a pasar un rato agradable de “intercambio” y cruce de opiniones parece como si estuviéramos condenados a continuar asidos a las banderas, creencias y “verdades” que de alguna manera hemos heredado y forman parte de nuestro particular paisaje, blandiéndolas cual verdad suprema ante cualquiera que ose contraponer una idea o posición diferente con idéntica contundencia a la nuestra.

Y a unos no nos gusta esta gallina, otros prefieren aquella otra, pero todos necesitamos, esperamos y exigimos nuestra parte en el reparto de esos huevos (mandagüevos), que al fin y al cabo para eso tenemos a las “ponedoras”, para qué otra cosa las necesitamos si no.

Y siguiendo con la referencia, también tiene “su aquel” un tema presente como el de la fusión de las cajas de ahorro (las vascas, porque otras muchas ya desaparecieron o fueron succionadas en el camino) y el devenir de su control, propiedad y el sostenimiento consiguiente de su otrora emblemática obra social.

Aquí nos volvemos a encontrar con el fuero y con el “güevo” y tenemos a nuestra clase política dirimiendo en clave política (y buscando el desgaste del contrincante electoral de paso) qué podemos hacer para defender “lo público” en lugar de la “privatización” a la que parece nos han condenado. En cuanto al fuero, discutimos sobre cómo creemos y/o queremos que se estructure el tema en nuestro ámbito, dónde quedará el control de las entidades fundadoras, dónde la garantía de vinculación a futuro con nuestros agentes económicos, donde tributarán los beneficios de la gestión financiera. ¿Seguirán siendo nuestras, es decir de los impositores (supongo), o de quién? Algo de eso debe de ser el fuero, en este caso la gallina con todas sus alternativas de razas y pelaje.

Pero ¿cómo se repartirán los órganos de poder en el nuevo banco? ¿Y en las nuevas Fundaciones bancarias que dicen hay que constituir en plazo? ¿Es cierto que algunos partidos ya han acordado reparto de sillas y posición? Y aunque esto empieza a ser parte del “huevo” apetecido en los aledaños del poder (aunque sea local) tenemos la Obra Social que justifica, decimos, la propia existencia e historia de nuestras cajas de ahorro, y que es sin duda el recurso principal a repartir entre distintos proyectos sociales principalmente gestionados por entidades sin fin de lucro en el ámbito de la cultura, el deporte, y programas directamente relacionados con los servicios sociales y la atención de personas con dificultades.

Y entre tanto ruido como hay me pregunto sobre la verdadera naturaleza de las cosas. Pienso que la entidad bancaria surgida de la fusión tiene un cometido social de gran envergadura como es la óptima gestión de los ahorros confiados y la circulación crediticia en aras de responder a las necesidades de nuestra dinámica empresarial y generadora de empleo, compitiendo con otros agentes financieros y garantizando a sus clientes el mejor servicio al mejor precio. Y los beneficios que lógicamente debe de obtener y distribuir deberán remunerar a sus socios accionistas en la cuantía permitida por su exitosa gestión y tributar fiscalmente en su Territorio de manera que junto con el resto de contribuyentes incremente la capacidad presupuestaria de los Presupuestos Públicos que correspondan. Y eso debiera de ser así tanto estando bajo control “público” como cuando la gestión sea de corte más “privatizada”.

¿Y la Obra Social? ¿Y si cambiáramos la pregunta y nos preguntáramos por la “Política social” en lugar de por la “obra”? Aquí no dudaríamos en responder que sin duda alguna es responsabilidad de los poderes públicos (y no de Caja ni entidad bancaria alguna) el diseño, reconocimiento de derechos y beneficiarios, fórmulas de intervención, planificación de los servicios y el aseguramiento de su correcta financiación, bien a través de una gestión propia y directa o contratando bajo su responsabilidad la implicación de otros agentes y operadores. A las políticas públicas les corresponde establecer los mecanismos para el acceso de todos a los servicios de salud, sociales, a la educación, a la vivienda, y para eso disponen de su capacidad recaudatoria y de asignación de prioridades en el gasto público contenidos en los presupuestos anuales lo que nos llevaría a la pregunta de para qué entonces la obra social, para qué por tanto las cajas (ahora convertidas en bancos). Creo en la necesidad de una buena gestión de lo público. También en la necesidad de un sistema financiero eficiente que resuelva problemas de los “ahorradores” irremediablemente cautivos. Pero para las necesidades sociales, las básicas y prioritarias, un sistema público que funcione y resuelva. Lo accesorio puede quedar a expensas de los patrocinios y la graciabilidad propia de otras entidades “privadas” que a veces buscan más su propio marketing que la respuesta más necesaria.

La mejor “obra social”, pagar los impuestos buscando una fiscalidad justa y siendo eficientes en su administración.

¿Puedes estar algo de acuerdo en todo este lío?