En los días que nos han precedido de euforia dinástico-monárquico-constitucional, me ha venido a la memoria la existencia de un documento gráfico en mis papeles y documentos mal archivados, en el que aparezco fotografiado saludando al recién nombrado Rey (Príncipe a la sazón) en un acto protocolario en Navarra a invitación de nuestros homónimos de TASUBINSA.

Y recordándolo he recuperado la instantánea  y al verla, me he interrogado a mí mismo respecto de cómo sería mi saludo ahora y sobre todo una pregunta que no se me hace fácil responder cual ¿qué le diría, qué le podría sugerir o comentar si tuviera la oportunidad de departir un rato con este “personaje del año” en España recién ascendido al Trono?

Seguro que no sabría bien cómo empezar, pero le podría preguntar por ejemplo si en base a la Constitución sobre la que se produce su nombramiento hay alguna posibilidad (de hecho sería obligación tal como está redactada la carta magna) de que me aceptara e identificara como un ciudadano español de nacionalidad vasca. ¿Cabe en su ánimo algo tan sencillo como apoyarse también en este caso en la Constitución, como es su obligación, para aceptar las “nacionalidades” proclamadas en determinado artículo de la misma? ¿O como nos están recordando nuestros amigos catalanes, algunos, no todos, parece que para ser nación no queda otra que ser asimismo estado, es decir sumar en un mismo ente el ser ciudadano con el ser nacional?

A muchos nos gustaría preguntar respecto de esa “sucia” palabra, corrupción, que al parecer no llegó a pronunciar en sus casi dos mil palabras utilizadas en su discurso ante los parlamentarios de muchos colores, muy dispuestos a aplaudir y celebrar como un “cierren filas”, que sirviera para encarar un “nuevo tiempo” cual si se pudiera poner una manta al pasado más reciente y aún caliente en algunos Juzgados y que le pilla tan de cerca como que implica a su propia familia. Sí se refirió a ello en positivo cuando habló de la defensa de la honestidad y ejemplaridad, pero desde esa posición que se le atribuya de reinar pero no gobernar ¿podrá hacer algo que contribuya a que este Estado y sus entresijos económico-financieros dejen de ponernos a “todos” en la vergüenza de estar a la cola de los países llamados civilizados en lo que respecta a moral pública y juego limpio en la utilización de recursos?

No estaría de más ahora que nos hemos quedado, se han quedado según se vea, sin la “roja” en la competición futbolística a nivel mundial, que también da motivos de sonroja e indignación por el juego de intereses, corrupción a gran escala en la construcción de nuevos equipamientos e infraestructuras, y escándalos varios entre los que se incluye la promesa de “primas” estratosféricas con la mayor obscenidad y a la cara de todo el mundo, se volcaran todos los esfuerzos posibles en favorecer una gobernanza por la que se recupere el “jogo limpio” si alguna vez lo hubo, y que se suscite la recuperación de la fe y confianza de los ciudadanos en sus instituciones, ahora mismo muy por debajo del mínimo aceptable.

No sé lo suficiente de Historia para adentrarme en el papel desarrollado por la Monarquía en épocas pasadas engordando y nutriendo a la élite extractiva, no inclusiva, de este País, en su mal utilización de los recursos expoliados en las colonias (y también en casa) y su no aprovechamiento en la modernización de las Instituciones y economía productiva propia. Eso es ya pasado pero ¿podrá en su reinado hacer algo para que los recursos fluyan con justicia entre todos sirviendo en su justa medida para los más desfavorecidos que son muchos y recordando al Gobierno o Gobiernos que le toquen por elección de los ciudadanos que en la Constitución se reconocen derechos como el de una vivienda digna, igualdad ante la Ley, división de poderes, trabajo para todos…etc. que pusimos entre todos por encima de otros que siempre se nos recuerda son sagrados?

Y para finalizar, ¿vería de buen grado se sometiera a referéndum en alguna futura reforma de la Constitución la opción de una Jefatura de Estado no necesariamente monárquica? ¿Llega hasta ahí su sentido democrático? ¿Podemos creer en ello?

Y tú por cierto, ¿qué le preguntarías?