… la orina del enfermo”. Frase elocuente ante la intuición de que las cosas no van bien, de que pueden ir a peor, de que terminará por saltar alguna información de escándalo, alguna pifia no prevista.

Todo es cuestión de pisar suelo, de vivir en la realidad de las cosas o al menos pretenderlo, y no creerse porque sí los cantos de sirena que gustosamente seguiríamos en la esperanza “falsa” de que fueran a convertirse en realidad. Tampoco está de más apuntarse por momentos a determinada dosis de optimismo, pero como tantas cosas en la vida mejor hacerlo con moderación.

Esto por mucho que nos insistan no tiene buena pinta aunque claro está, todo depende de en qué posición se encuentra el comentarista, el ojo clínico del que aprecia el  “mal color”, el “mal olor” de la cosa a diagnosticar.

Llevamos siete años en los que no hemos podido soltar el lastre, dramático para muchos, de una crisis que por sí misma trae recortes, ajustes, correcciones en muchos ámbitos, y eso nadie lo pondrá en duda ha traído y seguirá provocando sufrimiento en personas concretas y familias, desesperanza en toda una generación de jóvenes que aunque prolonguen con el apoyo de su subjetividad la pertenencia a ese estadio de edad van viendo que otros más jóvenes vienen empujando sin que ellos hayan tenido aún la oportunidad de enganche con la vida profesional a la que podían aspirar y que les va a pillar dejando de ser tan jóvenes compitiendo con otros jóvenes de verdad (cronología manda), los que estrenan la juventud.

Y empiezan a aflorar indicadores diversos que en parte sí permiten apreciar una mejora en la “macroeconomía” y en referentes de consumo, acceso (tímido) al crédito, repunte aunque estacional, temporal y volátil del empleo o al menos freno al incremento de la cifra de desempleados.

Y ante esto ¿qué opción elegimos? Habrá quien como se recogió para la Historia del parlamentarismo español exclame con voz femenina de alguien se supone elegida por el pueblo un “que se jodan…” como reacción a los críticos con el poder que al parecer le molestaban junto con toda su comparsa.

¿Qué decimos nosotros? Pues en principio se me ocurre que efectivamente debe de ser cierto lo de que estamos acercándonos al final de la crisis, y pongo un ejemplo (valga la ironía) que hemos podido leer estos días: las SICAV, esos instrumentos societario-financieros en los que se refugia e invierte una parte del dinero de las fortunas del País para tributar con ventaja sobre el resto de los mortales, han vuelto a niveles previos a la crisis, es decir cerca del máximo alcanzado en 2007 añadiéndose la circunstancia de que parte de esta mejora tiene su origen en la amnistía fiscal del 2012 para repatriar dinero. Luego para estos afectados sí es cierto que la crisis se empieza a conjugar en pasado.

¿Qué otra cosa podemos ver en este aproximarnos al pretendido final de la crisis? Pues una de las constataciones más evidentes es el indudable aumento de la desigualdad social porque el dinero ha hecho más dinero en la economía especulativa, en la no productiva, y las rentas medias y de menor rango están soportando la carga de una mayor fiscalidad y tributación necesaria evidentemente para sostener el entramado público, los servicios básicos y el sistema en el que estamos inmersos, y cómo no, para paliar la no aportación fiscal de esos 40.000 millones de € que los estudios cifran como dinero que escapa cada año al control del fisco (5.800 Billones de € en manos de evasores no investigados en paraísos fiscales a escala mundial).

¿Qué quedará cuando pase la crisis? Esperemos al menos que algo más de decencia, de ética en la vida pública y en los negocios, de recuperación de la capacidad colectiva e individual de afear, perseguir, evitar comportamientos que además de provocar indignación son la expresión de una cultura enferma, de una decadencia que en el desencanto que produce abre otras muchas vías de desapego, desarraigo y de búsqueda de un aglutinante colectivo distinto y mejor.