Vivimos en una sociedad inquieta que se pregunta cada vez más cosas que guardan relación con su día a día y con el devenir de cada uno mismo y de los que nos rodean. ¿Cómo será nuestra pensión cuando lleguemos (si llegamos) a la jubilación? ¿Alcanzaré “cotizando” la edad conveniente? O ¿me pasará como a mengano que se ha quedado sin trabajo con 53 años? ¿Y nuestros hijos? ¿Cómo les irá? ¿Qué futuro les espera a esos niños y niñas, ahora nietos y nietas para algunos que peinamos canas, en este mundo que cada vez nos parece más complicado y complejo?

Y la respuesta socorrida. “Ya escampara” “No hay mal que cien años dure” “En peores garitas hemos hecho guardia” cuando no la creencia ciega en lo sobrenatural como esperanza como aquello de “mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros, y sin embargo, vuestro Padre celestial las alimenta”. Aunque también hay otro dicho que dice “el que no se consuela es porque no quiere” parece claro que el mundo sigue cambiando (siempre lo ha hecho) esta vez a velocidad de vértigo, y ante los fundados temores a perder capacidad adquisitiva, seguridad, derechos, equilibrio social, acceso a bienes público considerados “sagrados”, se va despertando esa conciencia que nos lleva a preguntarnos como supongo se habrá hecho en otras generaciones por ¿en manos de quién estamos? ¿Qué país es éste? ¿Qué podemos hacer? Y oscilamos entre respuestas absolutas y pretendidamente definitivas como la defensa de la república frente a la actual monarquía constitucional como mejor sistema para progresar hacia un mejor gobierno, o también lo contrario tirando de referencia de lo acontecido en la década de los cuarenta. Rojo o negro, blanco o azul, como si en los colores no existieran matices.

Leí hace semanas que un político decía “a mi no me gusta esta España”. Ah pero, ¿acaso hay otra? ¿podemos construir algo diferente? ¿En España? ¿En un nuevo espacio a generar y llenar?

Y se producen movimientos ciudadanos varios que tras buscar en su pasado el arranque genuino y limpio en busca de la inocencia perdida pasan a proponer algo válido sin la carga de lo ya sucedido que al fin y al cabo arrastramos y acumulamos con todo su peso de reproche e insatisfacción, y reclaman esos valores de mayor participación, control sobre la clase dominante y sus decisiones y lucha contra las desigualdades crecientes que todas las estadísticas, hasta las que suelen ser amables con el poder, vienen atestiguando y dando a conocer.

Movimientos que desencadenan otros en la clase política imperante en forma de relevos, dimisiones, convocatoria de congresos, asambleas, tiras y aflojas ante un futuro que caso de inacción les engulle.

También están los que se sienten resguardados en su fortaleza, como si la misa no fuera con ellos, y el padre con fortuna le sigue diciendo al hijo que pregunta “tranquilo chaval, que el dinero lo seguimos teniendo los de siempre”.

Algunos/as muy cercanos reconfortados por el éxito de una convocatoria que tras el lema de “está en nuestras manos”, GURE ESKU DAGO, ha conseguido unir cruzando las manos una cadena de hombres/mujeres/niños/niñas/aitonas/amamas y componer durante media hora una cadena, de 123 kilómetros entre dos puntos de Euskal Herria, en la que el calor y la ilusión de miles y miles de conciudadanos/as (hablan de 150.000), ha corrido por esa especie de fibra óptica humanizada que ha “encadenado” incluso a los no siempre bien avenidos, pero que en los nuevos tiempos propicios al movimiento civil sin interferencias armadas va a ir ganando en expresión en su valor de catarsis de conciencias propias y reivindicación democrática ante los que pueden cambiar y escribir el futuro.

En fin. Pienso que esta crisis que perdura ha reforzado (esperemos que para siempre) la ética como valor sobre el que asentar la manera de hacer política y administrar lo de todos y la exigencia de abrir canales de participación como contrapeso de esos “poderes” a los que con frecuencia se les va la olla y también la mano.

GURE ESKU DAGO. ¿Dependerá o no de nosotros?