Leí una respuesta cuando menos recurrente de una filósofa americana que venía a decir que “el pollo es simplemente la manera que tiene el huevo de hacer otro huevo”.

Y para “pollo” el que seguimos teniendo nosotros en el mundo llamado a sí mismo occidental. Hemos pasado unos días de asueto en los que todos procuramos dejar aparcadas las “obsesiones” que el día a día y el propio trabajo profesional nos condicionan, pero a nada que retornamos a la realidad seguimos encontrándonos con nuestro desastroso panorama. El mismo que dejamos antes de que se sucedieran las procesiones en conmemoración de Cristo. ¡Vaya cristo! ¡Esto sí que es pollo!

De repente, y aún cuando la realidad, siendo tan terca como es, siga siendo exactamente la misma que la de unos meses antes, es decir desastrosa, todos los estamentos políticos, financieros, medios de comunicación a su pleno servicio y dedicación han asumido la proclama de que la crisis ya empieza a ser pasado. Que ya tenemos signos de recuperación. Que batiremos record de turistas. Que empieza a moverse el consumo interno. Pero ¡qué maravilla! ¿Qué habrá sucedido?

Pues que hemos puesto un huevo. Y este huevo se llama elecciones europeas. Y como en las mismas se trata de medir a ver quién la tiene más larga, quién es más fuerte, a quién le quieren más, y no tanto en “a ver cuántos votan” (valor democrático indudable el de la participación) sino el “a ver cuántos nos votan” y qué ventaja les saco a mis contrincantes con independencia de que la abstención duplique la cifra de parados que ya es la repanocha, pues ya tenemos la explicación.

Y se ha producido el milagro. Ya todo empieza a ir mejor. Vótame que ya verás cómo para el 2015 esto se empieza a animar y se crea “algo” de empleo, y empezará a correr el crédito.

Sólo voy a recordar un dato estremecedor. Antes y después de las elecciones la tasa de empleo en el estado español, es decir el indicador de cuántos “españoles” trabajan o trabajamos en la franja de edades entre los 16 y los 64 años, es del 54%. Quiere decir el dato que el paro (desempleados en busca de trabajo y los que ni tan siquiera lo buscan) es poco menos de la mitad de personas de ambos sexos en estas edades. Que sólo uno de cada 6 jóvenes tiene trabajo sea éste de la calidad que sea. Que sólo Grecia presenta datos peores que los que he citado. Que siete Comunidades Autónomas españolas figuran entre las regiones con más paro de Europa.

En nuestro entorno más cercano estamos algo mejor pero el deterioro sostenido en el tiempo también está causando estragos en las familias, en las expectativas juveniles, en el tejido industrial, en la sostenibilidad del sistema público por la no recuperación de ingresos vía fiscalidad.

No puedo otra cosa que declararme escéptico y desde esta posición invito a no creer en “cantos de sirena” porque sé, lo sabemos todos, que la desigualdad sigue creciendo de manera exagerada, a nivel mundial evidentemente pero también en lo más cercano.

O sea que toca remangarse y encontrar lo que cada uno podemos aportar en positivo. Y echo mano, para terminar, de otra frase elocuente  que he recogido de un informe que decía que si “la pobreza nos asusta, la desigualdad nos indigna”.

¿Asustado? ¿Indignado?