Al balcón de la vida. A esa atalaya que permite ver de cerca cosas de la vida real que no siempre captamos por mucha prensa y literatura leamos, o medios televisivos sigamos.

Me había sugerido una amable seguidora de este blog que por la cercanía cronológica con la celebración del “Día Internacional de la Mujer Trabajadora” me atreviera con una aproximación al tema. Tengo que reconocer que no creo tener un discurso personal propio sobre el tema más allá de compartir identificación y reconocimiento con todas las reivindicaciones y exigencias de “igualdad real” en el acceso de la mujer a todos los niveles de participación, asunción de responsabilidades y poderes de decisión. La participación lógicamente va “in crescendo” en el mundo civilizado; en cuanto a responsabilidades siempre han cargado con ellas aún cuando con tendencia a asignarles espacios particulares (por no decir femeninos), pero en cuanto a su presencia en niveles y órganos de decisión queda francamente lejana la mera idea de igualdad.

Comentando estas dudas con una compañera de trabajo también seguidora del blog me comentaba que a ella personalmente le gustaba más hablar de las energías femeninas y de las energía masculinas que de las acostumbradas diferencias de género y sexuales. No es exclusivo de ninguno de los géneros el tipo de energía, su grado y complementariedad. Pero vuelvo a decir que se me escapa la profundidad de la idea y me quedé con su sugerencia añadida de visionar el documental “Con la pata quebrada” de Diego Galán que hace un recorrido sobre la vida de la mujer en las pasadas décadas y la evolución seguida, entiendo que como denuncia e impulso a la progresión continuada en pos de la mayor igualdad. Recordé que en un primer empleo que tuve “siendo joven” me encontré con escrituras notariales en las que al dar como comparecida a la mujer añadía después de la referencia a su estado civil como profesión “las actividades propias de su sexo” (luego fueron “sus labores”). Algo habremos andado, y mucho queda por hacer.

Y a propósito de las cosas que me ha tocado ver recientemente desde ese balcón del título, estoy participando después de algunos años que no lo hacía en un proceso de selección de personal dirigido a la apertura fuera de mi entorno profesional habitual de Euskadi de un servicio residencial para personas con un perfil determinado de discapacidad. Y puedo decir que ahí también se pueden ver “cosas”. Se ven sobre todo personas, unas más intranquilas e inseguras que otras,  más o menos dotadas en formación y experiencia, transmitiendo mayor o menor iniciativa. Pero se ve también, cómo no, la crisis y sus efectos. Las consecuencias en lo colectivo y en las expectativas individuales de cada uno. Mejor de cada una, porque al ser una convocatoria dirigida al sector social y a la atención de personas, una de las primeras constataciones es que son mujeres las que en una exagerada mayoría optan a cubrir los distintos puestos para los que se exige formación “social”. Se ven curriculums que contienen una parte de voluntariado ejercido en ONG varias en la esperanza se supone de que eso abra las puertas a una contratación laboral para la que acreditan buena formación de partida pero sobre todo un sinnúmero de cursos y más cursos de formación para un trabajo que se aleja como el horizonte a medida que caminamos. Se ve vocación para la profesión elegida, pero a la vez mucha resignación. “Bueno, ya se sabe cómo están las cosas” “Así estamos todas…” “Se terminó el programa por falta de dinero…” Y si preguntamos “y tú para qué función te ves mejor preparada, cuáles crees que son tus mejores cualidades…” Yo, ahora mismo para cualquier cosa. Lo que sea.

De verdad que es desolador  y a la vez un reto cuando tienes delante una persona con unas vivencias profesionales duras como la de haber trabajado durante años en lo más duro de la marginación, en la rehabilitación de drogodependientes, en la atención personal a enfermos mentales… y verla ahora en paro y con unas ganas y potencial enormes buscando y buscando algo que es un derecho constitucional como es el derecho al trabajo.

Me encuentro un curriculum donde al describir su “experiencia profesional” lo desglosa en dos apartados: uno “con contrato de trabajo”, y otro “sin contrato de trabajo”, un nuevo signo de cómo está el mercado laboral, su regulación y su parte “sumergida”.

Y con aquellas personas con las que atisbamos poder llegar a la fase final surgen preguntas como “y ¿cómo será el contrato?” Cuando se les contesta que las personas elegidas tendrán contrato estable se pueden ver caras de sorpresa, tanto mayor cuanto más prolija es la sucesión de contratos precarios saltando de unas empresas a otras. A la pregunta sobre las condiciones laborales, y aunque se diga que de eso se hablará en la entrevista final, y se les contesta que en cualquier caso “se aplicará el convenio colectivo del sector”, nuevo gesto de admiración contenida.

Terminamos diciéndoles a las (los) entrevistadas que tanto si continúan en el proceso como si son descartadas se les llamará para informarles con bastante celeridad de la decisión y ahí también podemos encontrar señas de conformidad porque al parecer también se ha perdido esta costumbre supongo que buena porque trata al candidato/a como persona, qué menos, y no sólo como un recurso “clínex” de usar y tirar.

Ahora sólo nos falta cerrar acuerdos con la Administración Pública a la que corresponde financiar este servicio “público” y proceder a hacer lo que más nos gusta que no es otra cosa que formalizar contratos de trabajo que debidamente organizados den un buen servicio a la sociedad.

¿Qué más cosas se ven desde tu balcón?