Hoy inauguramos la incorporación a este blog de colaboraciones de personas cercanas en filosofía y valores que pueden enriquecer nuestro pequeño debate. No tendrá más filtro que el de mantener cierta coherencia, que no coincidencia, con el hilo argumental del blog y buscaremos la manera de darle forma definitiva a esta variante. Vaya la primera. 

 

Una de las demandas más democráticas que todo ciudadano puede exigir de sus dirigentes es la de ser un referente, un ejemplo, para los demás, tanto en su vida pública como en su vida privada (solamente su vida íntima le pertenece a él y a quienes con él convivan).

Hemos de entender por dirigente no sólo al político, aunque éste lo sea en primer lugar. Nos referimos también al dirigente social, al religioso, al empresarial, al financiero, al sindical etc., etc.: todo aquél de cuya responsabilidad en el desempeño de su cargo puedan derivarse consecuencias para la ciudadanía en general.

Llevamos ya unos cuantos años comprobando un relajamiento Grave y doloroso en el ejercicio de las responsabilidades inherentes a los cargos que se ocupan en cada caso, incluyendo a las más altas instituciones…

Y si hubiese que ponderar o graduar esas responsabilidades, no cabe duda de que a la cabeza habría que situar a los poderes legislativo, ejecutivo y judicial, puestos que sus decisiones (legislar, reglamentar-ejecutar y juzgar) conllevan consecuencias muy trascendentales para todos nosotros. Pero hemos de exigir ejemplaridad a todos: deberían ser ejemplos permanentes de rigor y austeridad en su vida diaria, espejo en el que poder mirarnos en todo momento.

Eso, entre otras cosas, pensábamos que era la democracia. Pero algo está fallando estrepitosamente. Como ha dicho algún autor, la raya que separa al honesto del deshonesto, al digno del indigno, ha quedado borrada por un clima general en el que los valores de la probidad y de la integridad han quedado suplantados por una auténtica invasión de venalidad y desaprensión: se miente y se engaña con absoluta impunidad, La palabra dada no vale nada, lo que supone una lamentable pérdida de ética en el gobierno de la res pública o en la gestión de las entidades privadas. Se han silenciado los valores y los principios. Si seguimos así, la honradez, de puro extraña, rozará el ridículo.

Los que peinamos canas y enseñamos calvas sabemos que lo anterior es propio de regímenes totalitarios. Jamás podíamos imaginar que se diera en democracia, al menos con la intensidad de los últimos años y con el desprecio y olvido de los niveles de pobreza y miseria que estamos alcanzando.

Hay que rebelarse. Hay que decir no a este clima pútrido e intoxicante. Debemos exigir nuevos dirigentes y nuevos modos de dirigir.

O moriremos en la putrefacción, condenando a ello a nuestros hijos…

(Colaboración de MÁXIMO ESTEBAN BUENO)