Por simples razones biológico-cronológicas, es decir por mi edad, me encuentro con personas cercanas que superadas las fases de la vida de mayor ajetreo tensión y actividad se enfrentan a un tiempo más tranquilo, en el que cambian hijos por nietos, trabajo por tiempo libre, paseos desde el punto de la mañana donde hasta hace poco había reuniones, lectura de libros y no de informes, una rutina casi diaria con la bolsa (de la compra) y no la de los valores bursátiles, visita a los bancos cuando de descansar en el parque se trata y no los de la pelea de aquellas cuentas que nunca terminaban de cuadrar, estudios universitarios para mayores y cosas de esas para las que nunca tuvieron tiempo, hobbies olvidados o siempre aplazados.

Es decir, personas que se encuentran con una amplia disponibilidad de tiempo para los quehaceres que un futuro menos exigente les pueda ofrecer y que al suponer un nuevo estadio y escenario relacional obligan al “aspirante a ser feliz” (todos lo somos de alguna manera), a preguntarse qué hacer cuando hasta entonces la rutina le venía dada a veces incluso en contra de los deseos de uno mismo.

Y a esta disponibilidad a la que se llega con normalidad con aquello de la jubilación, y a la que muchos en edades cercanas a su desenlace aspiran con el miedo metido en el cuerpo de que su empleo pueda resistir con suficiencia hasta la fecha apropiada y no perder así derechos que lo suyo en muchos años les ha costado, se van incorporando miles y miles de conciudadanos nuevos cada año como parte de los relevos generacionales que se suceden de manera inexorable.

Luego disponibles, es decir con disponibilidad objetiva en tiempo y algunos también en recursos económicos efectivamente hay muchos. Los suficientes para organizar pelotones para lo que hiciera falta.

Pero ¿cuántos de ellos están realmente dispuestos? ¿Cuántos de ellos han decidido estar dispuestos a compartir su disponibilidad, en ponerla al servicio de otros, o de la convivencia de uno mismo con su entorno, con la mejora del medio ambiente, con el legado de un planeta habitable para futuras generaciones, con la mejora de las condiciones de vida de semejantes próximos y aún lejanos cuya dependencia de terceros invita a llenar esos huecos, esos espacios, esas soledades que se desintegran con la simple presencia de alguien cercano? ¿Dispuestos a contribuir al sostenimiento y enriquecimiento de la riqueza y diversidad cultural, del patrimonio que hemos heredado y que debiéramos de ser capaces de sostener en el tiempo? ¿Y qué gran aportación se podría hacer desde esa probable mayor serenidad, basada en la acumulación de experiencia a alimentar exigencias ciudadanas dirigidas a la búsqueda de lo justo, de la honestidad en las relaciones públicas, en la utilización de caudales que nos pertenecen a todos?

Me ha satisfecho este fin de semana leer en la prensa el enorme éxito en la recogida de productos aportados por muchos ciudadanos a la campaña del banco de alimentos desbordando incluso la capacidad logística de recogida y el espacio de sus almacenes. Buena noticia en beneficio de las necesidades básicas de una parte de la población que está siendo descolgada por la  crisis y estímulo a las conciencias solidarias de lo que se puede conseguir convirtiendo disponibilidad en disposición.

La disponibilidad es algo que nos viene dado posiblemente con merecimiento. Disponer de ella “al servicio de” es una decisión vital a nuestro alcance que creo puede valer la pena.

¿Pasamos de disponible a dispuesto?