Un tsunami en Indonesia, por mucho que nos impresionen sus imágenes cuando las vemos en la TV, no nos mueve de la silla y no altera nuestro ritmo de vida. De hecho, hace días un tifón en Filipinas ha causado ya 10.000 muertos más no sé cuantos desplazados y damnificados de todo tipo. Nos queda lejos aunque con la inmediatez mediática no lo parezca.

Pero el cierre de una empresa cercana, emblemática por su historia, diferente en cuanto a los conceptos de participación en el capital y en la gestión (¿?) de los propios trabajadores, su impacto directo en los empleos locales más el consiguiente impacto en su entorno de proveedores y acreedores, nos obligan a reflexionar sobre el propio sistema económico y sobre los criterios y límites de los apoyos públicos y de todo tipo que hubiera que activar.

Recordemos que como ya se ha dicho en este blog en alguna ocasión anterior, “aquí todo se paga a escote” cuando de paliar pérdidas se trata (no así con los beneficios), por lo que pongamos este filtro de realismo a las reivindicaciones que como es inevitable, así parece, van surgiendo desde los propios interesados con el agregado de parte de la clase política que tiende al impulso de “y yo más a abrir el cajón de recursos que, vuelvo a decir, son de todos nosotros los ciudadanos contribuyentes.

¿Cuánto de esos recursos “de todos” debe de ir a cubrir el sostenimiento en la economía de empresas que precisamente por su perfil de cooperativas contribuyen en menor medida que otras a la llamada fiscal del impuesto de sociedades? ¿Tenemos que socorrer al ahorrador que, con toda su buena intención, ha confiando sus depósitos a una empresa cooperativa que le llegaba a ofrecer hasta un 7% de rendimiento en forma de intereses y que ahora ve la amenaza de la avaricia fallida?

Leo las declaraciones de un cualificado representante del asociacionismo empresarial, advertir de que “Ojo con los agravios” refiriéndose al hecho de que ha habido y seguirá por desgracia habiendo muchas empresas que cierran más o menos silenciosamente sin que nadie acuda en su rescate. Pequeños empresarios, trabajadores autónomos que pierden su dinero y quedan endeudados por los resultados negativos acumulados en la gestión, sea o no debido a la crisis.

No es fácil opinar y no hacer sangre en este caso que nos pilla tan cerca, pero me atrevo a proponer la necesidad de diferenciar entre los recursos públicos puestos al servicio de la dinamización de la economía y la creación de empleo, y aquellos que destinamos (destinan los políticos pero son totalmente nuestros) a cubrir con medidas “paliativas” las nefastas consecuencias de la contracción de la economía y de la pérdida de ingresos vía trabajo que ése sí es un tsunami que nos ha inundado y desbordado.

Más que salvar empresas y prolongar su agonía, se trata de saber si podemos ser capaces de funcionar como País, con inteligencia, voluntad y organización colectiva suficiente para establecer en qué sectores, qué líneas de negocio, qué estrategias ante la globalización somos capaces de promover. La pregunta clave es ¿qué podemos, qué queremos vender al resto del mundo? (ese mundo también incluye el consumo interno). Y en el supuesto de que fuéramos capaces de generar una apuesta colectiva, estaríamos en condiciones de destinar recursos públicos (los nuestros, que nos pertenecen aunque deleguemos su gestión en el estamento político) a aquellos que van a garantizar posibilidades de futuro a nuestros descendientes (hijos, nietos…etc.).

Ese debe de ser el destino de lo que tenemos. Invertirlo en aquello que tiene sentido y genera riqueza con perspectiva de futuro.

Y si un Fagor u otra empresa contribuye a ese futuro, hagamos lo necesario (y lo que nos permitan nuestros limitados recursos) a favor de su permanencia y sostenibilidad.

Lo alternativo es aceptar que la cosa no tiene sentido, no tiene futuro, y que con cargo a fondos públicos (es decir nuestro bolsillo) debemos de adoptar medidas paliativas para reconducir, reducir, minimizar los daños del fracaso (o final) de un proyecto empresarial (el accionista, cooperativista o no, habrá perdido cuando menos el capital expuesto al riesgo del negocio). Y por cierto, y como apunte, se me ocurre señalar que hay pocas empresas en nuestro entorno que hayan soportado con éxito 50 años de historia. Quiero decir con ello, que la historia de Fagor es exitosa desde el punto de vista de capacidad de generar empleos a lo largo de un tiempo y con capacidad tractora en su entorno.

Y las medidas paliativas son el recurso mutualizado que nuestro sistema de protección social tiene previsto para afrontar los descalabros sociales que se derivan del cierre de empresas y la conversión en desempleados de los activos caídos en desgracia.

Como comentario añadido, las cooperativas ya están anunciando que la capacidad financiera de su sistema de mutualidad propio puede desbordarse por el número de “mutualistas” que recurrirán a su fondo para este tipo de coyunturas y que va a ser necesario aumentar las cuotas de los que permanecen activos en el sistema cooperativo. Es decir, como todo es “a escote”, tenemos que pagar algo más en el futuro para soportar el desajuste de más de 1000 desempleados repentinos.

En definitiva, me ofrezco a la discusión del siguiente aserto: La solidaridad se debe de producir entre individuos (y sus cotizaciones) para paliar y reconducir los desastres devenidos del cierre de empresas y salto al desempleo de personas que necesitan mantenerse como activas en el sistema productivo. Y ahí todos somos iguales, pero algo más iguales los que hemos cotizado al sistema general de la seguridad social y a la imposición fiscal. Por lo tanto, todos en la misma cola y cada uno con el valor añadido de la alforja de lo cotizado.

Y en cuanto a recursos a aportar en la economía, NO a la financiación de agonías empresariales sin futuro y SI apuesta decidida por el compromiso colectivo en clave de País y con inteligencia para discernir dónde poner los “huevos”. No todos en la misma cesta, pero necesariamente allí donde el “nido” tenga visos de prosperar. Siguiendo la referencia de Fagor, de la misma manera que han sido capaces de sostener la aventura empresarial durante 50 años, descubramos dónde debemos de apostar por proyectos con viabilidad suficiente y potencia de desarrollo.

Yo personalmente no sé cómo se hace, pero me gustaría sentirme partícipe en un esfuerzo colectivo, en busca del bien común, que es justo lo contrario a la cultura de “confrontación” que algunos quieren, y con muchos adeptos, mantener y desarrollar en nuestro País.

Y nuestro dinero, el de todos, a recaudo de ofertas del 7% porque para pagar eso hay que previamente robar a alguien. Si no no salen las cuentas.