Ese es el dato. 35.000 toneladas de material es lo que vamos a mover en uno de nuestros centros de trabajo a lo largo de este año, según acuerdos que hemos firmado hace pocos días con una firma guipuzcoana perteneciente a un importante grupo multinacional y que nos obligan también a importantes inversiones. Y no se trata de un material cualquiera. Estamos hablando de acero de precisión procedente de una forja, asimismo de nuestro Territorio, sobre el que posamos la mirada escrutadora de nuestros trabajadores en una labor auxiliar pero importante y necesaria de control visual de la calidad de las piezas.

Y, ¿por qué hablo de toneladas y no de empleo, de número de puestos de trabajo que es a lo que nos debemos? Porque eso es justo lo que quiero resaltar. Que lo segundo es consecuencia de lo primero. ¿Qué es antes, el huevo o la gallina?

El empleo no es más que la consecuencia y la materialización de la incorporación de personas a procesos productivos y fabriles por los que se construye un bien, un producto, un servicio que es adquirido por otros, en éste o en otros países, para su consumo y disposición. El empleo como parte sustancial de la cadena de valor y consecuencia de la organización de ésta.

Partiendo de esta consideración, obvia y retórica probablemente, choca ver la defensa y reclamación de soluciones al problema del paro y del desempleo desde ópticas más políticas y de reivindicación social. Nos plantamos en una concentración reivindicativa, por ejemplo en una localidad en la que se acaba de cerrar una fábrica y donde llueve ya sobre mojado porque también se cerraron otras de otro sector de actividad, pero ¿ante quién lo hacemos? ¿A quién pedimos qué? ¿Se podía haber evitado el fatal desenlace? ¿Podíamos haber hecho algo diferente en la defensa de algo que ahora cobra más valor porque lo hemos perdido? No pongo en duda que de alguna manera ha de expresarse la rebeldía con lo acontecido y la solidaridad ciudadana y vecinal con los más directamente perjudicados. Pero…

Debió de ser la madre de Boabdil allá por 1492 la que dijo a su hijo la frase de “no llores como mujer lo que no has sabido defender como hombre”.

En nuestro caso las 35.000 toneladas a las que me refería ocuparán de manera estable a cerca de 100 personas en los próximos (esperemos muchos) años. Un grano de arena en el páramo de la desocupación, pero que tiene indudablemente su valor. Y un ejemplo de que este país, como todos, necesita empresas tractoras, a ser posible con capital local aunque ésta también es otra guerra perdida, expertas en su producto y vinculadas a sectores dinámicos con capacidad de innovación e internacionalización y compitiendo fuera de nuestras fronteras.

Y de la mano de ellas, colaborando estrechamente y contribuyendo a su competitividad estaremos los que no somos tractores, los que somos auxiliares necesarios en sus procesos.

Ahí es donde creo que hay que hurgar en la búsqueda de soluciones, la superación de esas situaciones lamentables en las que los cierres, si no se evitan y sustituyen a tiempo, nos van desangrando en caída libre.

Juntaremos nuestras voces en movimientos ciudadanos, compartiremos en la trinchera nuestra tristeza y rebeldía por las pérdidas habidas, pero de alguna manera estamos obligados a generar ese vector de fuerza y energía que nos acerque a un mundo mejor.