Frase aprendida de un amigo que me lleva a hablar del deterioro. Del que se deriva del cambio en la relación entre personas y cosas como consecuencia de la crisis. O de la manera de afrontar ésta, la crisis, y en consecuencia las relaciones y compromisos contraídos entre personas físicas y jurídicas, entre entidades y sujetos de derecho intervinientes. La crisis y su efecto en las familias. Freno a las separaciones de pareja, necesarias pero imposibles por la hipoteca, por el reparto de cargas, por la dificultad añadida a lo que sería una situación “normal”. Dificultades para afrontar la carrera educativa y formativa de la prole. El retorno a una sociedad “desigual” (siempre lo ha sido, pero las diferencias se pueden aumentar o menguar)) en un mundo en el que el bienestar de unos es siempre a costa de la pobreza de otros. Es lo que hay. Es el sistema.

Y en el conflicto “mundial” entre intereses contrapuestos, países en confrontación, flujos financieros anónimos pero despiadados, el discurso de que no podemos mantener nuestro estado de bienestar, de que “no hay dinero”, de que hay que apretarse no se sabe muy bien qué, de que hay que pagar esto, lo otro y aquello, para el “bien de todos”, porque sino va a ser peor. Todo ello en tanto se desangran países enteros en guerras sangrientas en las que nunca pillan al sátrapa de turno salvo que deje de ser útil para los vendedores de armas que por cierto las venden por igual a los dos bandos en confrontación, y ganan tanto más cuando más duradera y sostenida es la guerra que políticamente dicen hay que solucionar.

Analiza el elemento, analiza la causa que produce nuestra desazón, nuestra pérdida de calidad en la relación, nuestra capacidad de afrontar dificultades.

Mi experiencia personal me dice que en esta crisis, si algo nos va a quedar grabado en nuestra conciencia es el comportamiento de entidades (financieras por poner un ejemplo real) y de personas que actúan en nombre de ellas, que en su interpretación del papel que les corresponde asumir van perdiendo dignidad a raudales, enviando sicarios a dar las malas noticias cuando anteayer se daban codazos para salir en todas las conmemoraciones exitosas y demostrando una incapacidad absoluta para empatizar con la parte afectada (de alguna manera víctima final del despropósito) y abordar junto con ella la búsqueda de soluciones.

¿Qué sensación puedo tener y transmitir cuando este “deterioro”, ese “envilecimiento” se produce entre entidades y programas de marcado carácter social y aquella cosa que cada día se aleja más y que se llamaba “Obra Social” de alguna entidad financiera cercana, si no propia?

Puede haber explicación de tipo económico por la merma de recursos (de la que también se podría hablar), pero ¿qué explicación tiene el trato despótico, no participativo, en el que el “señor” actúa por encima incluso de los contratos que tiene firmados, cual poder feudal plenipotenciario, sin pedir en contrapartida otra cosa que “vasallaje” y “resignación”?

Una sociedad de personas y ciudadanos capaces, debe de alguna manera rebelarse contra los que impiden la participación positiva de agentes que por definición (y por capacidad) tienen mucho que decir y aportar en la búsqueda de salidas y soluciones a los problemas. Y cuanto más “social” se declare una organización, empresa o Entidad, más obligada está a poner freno y huir del “deterioro” al que la crisis nos aboca, por higiene ética, y por simple búsqueda de la eficiencia.

No al deterioro resultante.

Sí a la búsqueda compartida de soluciones.