Más allá de que fuera lo que queríamos después de una primavera sin flor y sin terminar de guardar los paraguas en su correspondiente lugar de nuestros armarios, estamos plenamente inmersos en el verano con sus calores, sudores, en la búsqueda de sombras en las que guarecernos y protegernos de ese sol que decíamos querer y añorábamos hace no tantas semanas.

Y por fin nos hemos atrevido con las mangas cortas, fuera las chaquetas, corbata cuando no queda más remedio a los que detentan determinado tipo de vestimenta profesional, y a apurar alguna cervecita aunque éstas no han bajado de precio. Y el que pueda a la playa. O a colocar a los aitonas, yayos, abuelas y progenitores varios los párvulos que terminaron el curso escolar y que ¿con quién los  dejamos? Porque críos de vacación (merecidas dirán las maestras y profesores) y sus padres trabajando(suerte ésta cada vez más escasa) genera alguna incompatibilidad o al menos dificultad que nos lleva a recordar el valor y sobretodo utilidad de la familia tribal y matriarcal(mejor atendida que la patriarcal).

La nuclear, ese pequeño reducto donde vivimos a nuestro albedrío nosotros y nuestros descendientes directos, funciona de maravilla sobre todo en invierno. Pero cuando llega algún problema, el niño con anginas, la niña que le han dado fiesta para más de dos meses, recuperamos la importancia de la tribu donde siempre habrá unas faldasamplias y generosas que aún con alguna maldición mediante proveerán a los cachorros de todo lo necesario para que luzcan bien alimentados y lustrosos en tanto sus padres y madres retornan del trabajo al finalizar la jornada.

Todo ello aunque nos den el día, la lata, y dejen en evidencia que la paciencia amorosa de los mayores ha ido perdiendo densidad, capacidad, flexibilidad, como si de unaosteoporosis del carácter, del alma, se tratara.

Pero llega agosto a nuestras puertas y quien más quien menos preparamos mochilas, tiendas y aperos para el camping, el coche para algún viaje programado, o la tumbona para desde la posición horizontal mirar al azul del cielo y descubrir la esencia del “far niente”, es decir “no hacer nada”. También es buena época para probar el sistema de vida “slow” que debe de ser algo así como una filosofía para vivir despacio, sin prisas, disfrutando de cada cosa sin perseguir con avidez la siguiente (si indago mejor en qué consiste y lo experimento en persona, os lo cuento a la vuelta de vacaciones).

Lo bueno es que entre no hacer nada y hacerlo con lentitud y saboreando cada movimiento, podemos introducir la lectura de ese libro que lleva mirándonos desde la estantería de casa desde que el último cumpleaños o aniversario algún allegado pensóque te había de gustar y permanece ahí esperando su oportunidad.

Movamos pues la estantería, además del esqueleto. Pongámonos cremas protectoras. Superemos el trauma de “no tener que ir a trabajar”, y permitamos el descanso de nuestros mayores que tan pronto se queden sin la prole la echarán de menos con tanta gana como de quitársela de encima tenían la víspera de la partida.

Contradicciones con las que convivimos y que cambiarán de fisonomía, al menos en Donosti, allá por el segundo domingo de septiembre cuando celebramos la más famosa de las regatas de traineras del Cantábrico y celebradas nos enfundamos otra vez la camisa de manga larga para lo que sería una vuelta a la normalidad y a la rutina más habitual.

A disfrutar y nos reencontramos en este blog cuando baje algo la temperatura y nos haya subido el moreno. Agur.