Cuando leí estas palabras, eran la expresión en forma de alegato pronunciado por una autoridad de un País Latinoamericano ante otro representante diplomático de uno de los antiguos colonizadores ahora venido a menos, en el que se oponían a la sospecha de haber albergado en su avión presidencial a un traidor al “colonizador mayor” (traicionar en este caso parece que era contribuir a aflorar la verdad sobre los inconmensurables poderes de espionaje de información de todo el tráfico de comunicación entre ciudadanos, países, corporaciones, empresas…) la exigencia de respeto a su soberanía, a su dignidad, y a su libertad de movimientos en el tráfico aéreo que los subordinados “al gran poder” querían impedir.

Y en esa posición de hacerse respetar, el mandatario latinoamericano, étnicamente perteneciente a uno de los pueblos indígenas preexistentes a la colonización, se apoyó en esa referencia a valores elementales, de los que se dice forman parte del derecho natural, para  venir a reivindicar la organización de la vida comunitaria en base a principios como “ama sua” (no seas ladrón), “ama qhella” (no seas mentiroso) y “ama llulla” (no seas flojo, por haragán u ocioso). Pedía en definitiva que se le creyera (en este caso que no transportaba al espía) porque sus principios y los de su País se basaban en estos valores.

No sé, ni seguramente podré saber, cuánto de verdad, sinceridad u oportunismo había en esta reivindicación que en una mitificación parece que forzada se imputa a pueblos indígenas de la región andina, pero me sirven en la medida en que me recuerdan que también en nuestra civilización y cultura, y a este lugar del charco, siguen teniendo sentido estos compromisos con el “no robar”, “no mentir” como base de la confianza necesaria para convivir entre ciudadanos de estilos, capacidades, y creencias varias y diversas.

No sé si el ser más o menos “flojo” tiene tanta importancia como los otros dos valores, porque si de robar y de mentir se trata, cuanto menos esforzado y activo se sea menos se mentirá y robará.

Pero en cuanto a los dos elementos principales, y en el ambiente de colapso de la credibilidad de nuestros dirigentes, de los poderes económicos que nos acogotan, de las corruptelas y latrocinios cada vez más públicos y a la vez impunes, cómo no gritar y pedir que de una vez dejemos de ser flojos y exijamos, empezando por cada uno de nosotros y de nuestras conciencias, no disponer del dinero y del futuro de todos para el enriquecimiento personal (y menos con el pretexto de ser compartido con partidos políticos y otros intereses corporativos) sino en la búsqueda del beneficio colectivo (el llamado bien común), no mentir aunque parezca tan fácil hacerlo cuando se dispone del control de los medios de comunicación principales y favorecer que prevalezca la verdad aunque ésta no sea la meta de llegada  sino la búsqueda basada en la honestidad con uno mismo y nuestros semejantes.

No sé como se dirá en quechua “estoy hasta los mismísimos…” pero creo que a las puertas de las vacaciones de agosto estamos en nuestro perfecto derecho, y quizás deber, de elevarnos algo sobre la mediocridad y la mugre que venimos acumulando a fuerza de ser “flojos” cuando lo que toca es otra cosa.

¿No es llegada la hora de sumar individuos y voluntades libres, ciudadanos intencionados, para la causa de hacer más habitable y amable nuestra convivencia?