El 7 de julio es para muchos, y en mayor medida para los que vivimos geográficamente cerca del epicentro de la fiesta, el día siguiente al “chupinazo” con el que en la vieja Iruña, Pamplona, se desatan todas las ganas de vivir, de celebrar, de convertir en inolvidables por la euforia colectiva que impregna y contagia sobre todo a los más jóvenes esa loca y exagerada semana en la que lo habitual es salir de casa (o de la fonda) vestido bien limpio y de blanco con un pañuelo rojo al cuello para regresar (cuando se regresa) embebido en una amalgama de colores a taninos cocacolados y olores a naturaleza pura que ni con una nueva crecida del Arga va a resultar fácil limpiar. Encierros diarios, mucha música, gigantes y cabezudos para los peques (que de momento no trasnochan), toros, comidas/almuerzos/cenas de amigos y compañeros de fatigas, pelota, fuegos de artificio, levantamiento de codo, en definitiva un jolgorio ininterrumpido que sólo claudica cuando de puro agotamiento se entona el “pobre de mí… ya se acabaron las fiestas de sanfermin”.

Por cierto que la máxima celebración de esta Ciudad no coincide ni con la advocación del patrón de la misma (San Saturnino) ni con la de Navarra (San Francisco Javier) que se celebran en otras fechas aunque le cabe el honor de co-patrón de esta última. Sí que coincide en cambio con unas buenas evocaciones de un tal Hemingway que internacionalizó la referencia de la fiesta con sus andanzas variadas y afición a la tauromaquia. Todo sea por tanto en honor de quien sea, y sirva a propios y foráneos para celebrar que seguimos vivos a pesar de que la crisis tiene a más de uno en la intemperie.

Pero este año el 7 de julio significa el antes y después de algo más. Me refiero a que esta fecha marca el inicio de una nueva época en las relaciones laborales de varios cientos de miles de trabajadores asalariados en el Estado. Porque a partir de esta fecha hay derechos, de aquellos que nos enseñaron a llamar “adquiridos”, que se pierden, que decaen, que dejan de ser “exigibles” al menos hasta que una nueva negociación a nivel de empresa o a título individual restituya todo o parte de lo que se pierde.

Se rompen inercias, se “desregula”, y se siguen pautas defendidas y deseadas por el empresariado en su versión, ideológicamente liberal, de búsqueda de la competitividad necesaria en base a una minoración de los costes salariales, lo que se viene llamando “devaluación interna” en uno de los “innovadores” ejercicios semánticos a los que nos acostumbran los que manejan los “medios”, es decir, la opinión pública.

No estará de más recordar que la competitividad también depende, faltaba más, de la repercusión de los costes de la energía en los procesos de fabricación, del coste del dinero hoy caro y no disponible para proyectos empresariales, de la imagen y credibilidad de una economía, de un país (en buen lugar estamos)…etc.

Pero como en el encierro, “al toro por los cuernos”. Es el momento de refundar la capacidad de acuerdo entre intereses contrapuestos (empresa / trabajadores) al servicio de un proyecto básico como sociedad: conseguir empleo para la práctica totalidad de nuestros ciudadanos, y empleo de la mejor calidad que nuestra competitividad como economía nos permita.

Y la pregunta es ¿cómo nos acercaremos a ello? ¿Con mecanismos de “confrontación” como se predica en foros diversos, empresariales y también sindicales? ¿Mediante actitudes de “cooperación” como se defiende en tesis tan de moda como en “La economía del bien común” de Christian Felber? ¿Con sistemas de participación en el capital y en la toma de decisiones de los trabajadores, con semejanzas en nuestro mundo cooperativo tan cercano y en otras experiencias empresariales de éxito? ¿Lo resolveremos con esquemas ya obsoletos propios de los siglos XIX y XX pero no procedentes en los nuevos paradigmas de la economía del siglo XXI?

Si os parece, tan pronto termine el próximo encierro nos ponemos a pensar. VIVA/GORA SANFERMIN.