Y no me voy a referir al empobrecimiento expresado en el saldo de nuestra cuenta corriente, en nuestro poder adquisitivo, salarios y pensiones, al menor consumo en vacaciones, a la minoración de gasto en las primeras comuniones o al aplazamiento/retardo en las fechas para la boda.

No sé qué es antes y qué después. Pero creo que hay algo que se llama “estado de ánimo”, y tiene que ver con el comportamiento individual, personal, que como individuos socializados que somos se vincula a nuestra manera de convivir con otros, de comportarnos como miembros de nuestra comunidad, de enfrentarnos al futuro compartiendo felicidad  y sufrimiento.

Suelo decir que estar desanimado es dar ventaja al “enemigo”, a nuestro competidor. Cuando más duro, tosco y sin expectativas se nos presenta el futuro, tanto más importante es la actitud mental, la fuerza propia, para hacer frente a lo adverso, a lo difícil, y sobre todo a lo incierto.

Creo que uno de los elementos que más pueden influir en nuestro estado de ánimo es la incertidumbre, la duda sobre el devenir futuro.

“¿Qué será de nuestro hijo/a discapacitado cuando nosotros faltemos?”, tremenda pregunta que se formula toda persona con un hijo dependiente y que puede terminar deseando que no le sobreviva en la convicción de que nunca estará mejor cuidado y atendido que en vida de su progenitor/a.

He leído en alguna ocasión que el stress negativo, el que verdaderamente desgasta, siempre es consecuencia, no del trabajo realizado y acumulado por excesivo que éste sea, sino de lo que te queda por hacer, de lo que te espera al día siguiente, de lo que se espera de ti según tu percepción de lo que debes aportar y acreditar a tu entorno, a esos ojos vigilantes que tu imaginación sobrepone a una realidad en sí misma exigente.

Por todo eso es tan necesario recuperar ese estado de ánimo con el que poder hacer frente a lo incierto y no dejarnos reducir por lo negativo de nuestro entorno.

Porque cuando nos resignamos, nos reducimos, nos empequeñecemos, y efectivamente terminamos dando ventaja a nuestro contrincante, poderoso la mayoría de las veces, y que, dicho sea con claridad, necesita de nuestros miedos, de nuestra resignación, de nuestra insolidaridad, para imponer sus reglas, sus intereses. Primero se procede asustando al personal, a esos ciudadanos que van perdiendo ciudadanía y dignidad, convenciéndoles, convenciéndonos, de que lo contrario al seguimiento de su omnímodo mandato nos perjudica aún mucho más.

¿Y si ante las múltiples y variadas incertidumbres que nos asaltan fuéramos capaces de contraponer unas cuantas certezas, como la de que no estamos solos, de que hacemos piña, de que ante la necesidad individual disponemos de un entramado público construido entre todos en una secuencia de muchos años, de que nadie conseguirá hacer desaparecer la solidaridad entre ciudadanos libres y dispuestos?