Me voy a referir a la importancia del significado de algunas palabras cuando estas sirven para identificar conceptos (lo que no sucede siempre). La palabra nos sirve y nos lleva a definir la realidad de las cosas, o a entender ésta de determinada manera, y una vez fijada ésta nos condiciona en todo aquello que sobre la misma organizamos, porque marca límites, espacios y caminos.

En la ordenación de nuestro sistema social, educativo, políticas sociales y tantos y tantos campos, recurrimos con inusitada frecuencia a apoyarnos en la palabra “centro o  centros” como el recurso sobre el que estructuramos determinadas acciones.

Creo que entendemos por “centro” ese espacio cerrado, delimitado, sujeto a normas y procedimientos concretos, donde suceden “cosas”, donde protagonizamos soluciones, donde ofrecemos servicios. “Centros especiales de empleo”, “centros ocupacionales”, “centros de día”, “centro formativo”, “centro de trabajo”…etc.

Quiero pensar que es imaginable una realidad distinta, una configuración más abierta y positiva de las organizaciones, si en lugar del tradicional espacio-centro nos basamos en la palabra “programa”, “sistema”. ¿Cómo veríamos las cosas si en lugar de gestionar centros (que por supuesto seguirían existiendo), gestionáramos “programas”? Y ¿si los que gestionamos centros de empleo, centros ocupacionales, centros de día, o todas estas fórmulas interrelacionadas y a la vez, nos autocalificáramos como GESTORES INTEGRALES DE OPORTUNIDADES en lugar de gestores de éste o aquel centro?.

Tuve oportunidad de leer una entrevista reciente a Javier Tamarit, persona bien conocida por sus reflexiones en el campo de la discapacidad y en el entorno FEAPS, en la que entre otras cosas decía que “las organizaciones deben de pasar a ser organizaciones líquidas, dejar de ser sólidas (ladrillos, estructuras…), pasar a centrar la mirada en algo menos sólido, más líquido, más escurridizo en las manos organizacionales”.

Algo de esto se me ocurre evocar al proponer superar el concepto de “centro” y defender el perfil de organizaciones más ricas, sutiles y complejas, abiertas, que sobre la base de apoyos en la comunidad y la mirada puesta en la persona, se definan como auténticos gestores de oportunidades que en el caso del trabajo y del empleo lo expresaríamos como GESTORES INTEGRALES DE OPORTUNIDADES DE TRABAJO dirigidas a personas en situación de desventaja por su discapacidad.

Como es fácil pensar no es una idea propia y aislada mía sino que forma parte de las propuestas que se emiten desde EHLABE (Asociación de Entidades de Trabajo Protegido de Euskadi) que agrupa a más del 90% de Organizaciones de este ámbito del País Vasco con perfil de economía social y sin fin de lucro, miembro de FEACEM a nivel estatal y que se intenta hacer valer en aquellas instancias públicas y privadas en las que se vienen lanzando propuestas de modificación de normas y criterios para la gestión de políticas activas de empleo y de atención ocupacional.

¿No es acaso mejor hablar de “programas de atención ocupacional” que de “centros ocupacionales”? ¿De gestión de oportunidades de trabajo adaptadas que de centros especiales de empleo?

Y hablando de organizaciones, pero esto lo dejaremos para otro día, ¿qué es mejor? ¿Pasarnos al jazz o ceñirnos a la disciplina y rigidez de la orquesta sinfónica?