He tenido en los pasados días diversas experiencias relacionadas con viajes tanto profesionales como de ocio personal entremezclado que me sugieren comentarios sin necesidad de un hilo conductor particular pero que relaciono con el tamaño de las cosas, de los entornos, de las urbes, de la lejanía del horizonte, de la cercanía de las personas.

Puedo hablar de sensaciones en una ciudad con mucha historia, a caballo entre Asia y Europa, en plena encrucijada de civilizaciones, con más de 16 millones de habitantes separados prácticamente mitad y mitad por un estrecho, en el que no paras de cruzarte con gentes muy diversas, con vestimentas que exteriorizan la pertenencia a creencias y etnias definidas, caos circulatorio, y muchos barcos saltando continuamente de una orilla a la otra comunicando territorios y ciudadanos y donde pudieras andar días y días sin encontrar ninguna persona conocida con la que intercambiar comentarios.

Y como contraste, un compatriota que me acompañaba, vecino de una localidad guipuzcoana fácil de identificar porque tiene prácticamente una única calle y un canal de salida al mar, quien describía la escena habitual y cotidiana de ese pueblo en el que cada vez que cruzas la calle no paras de saludar (a veces aún a tu pesar) a diestro y siniestro a todos los vecinos y vecinas, amigos tuyos o de tu padre, que sin necesidad de preguntarles te indican que han visto a tus niños en tal sitio, que iban para casa, o si sabes lo que le ha pasado a fulanita.

Hemos pasado del anonimato, del sentir que a nadie importas del primer ejemplo, al control social tendente a lo excesivo de la convivencia en pueblos pequeños.

También me ha tocado ser testigo de dos maneras muy distintas de salir al mar, de navegar. Comparto mesa y mantel con un amigo catalán en vísperas de su salida anual en un velero pequeño (9 metros) a navegar en solitario y durante tres meses por el Mediterráneo y mares adyacentes. En algún puerto en el que se citan se incorporan alternándose para convivir unos días algún allegado, su pareja, una amiga. Recala en puertos de manera aleatoria, habla con los delfines que se le acercan con cierta frecuencia y vive de manera intensa la inmensidad del mar y la pequeñez ridícula de cualquiera de nosotros en el planeta.

Y en contraste esos grandes cruceros de casi 300 mts, 12 pisos de altura, hoteles flotantes donde se hospedan 2000 turistas y habitan más de 600 de tripulación, con oferta incorporada de restaurantes, piscinas, discotecas…etc. “¿De dónde son Vds.?” Y a contar la película de cada uno para olvidarla acto seguido por su evanescencia propia y accidentalidad de la relación. Un buen amigo me dijo que lo mejor para no ver el mar es hacer un crucero… Cuestión de tamaño ésta también.

Y ¿qué decir de Internet? Global, anónima si se quiere, universal, donde uno accede a volúmenes inimaginables de información, de contenidos de todo tipo. Como en el caso de este blog en el que me atrevo a publicar mis “ocurrencias” que no sé quién las leerá (un saludo a los/las que lo haceis). Y aquí también encuentro el tamaño, en este caso de la ciudad en la que vivo (capital de provincia, bonita, abierta al mar y de pequeño tamaño) en la que también es fácil saludar a personas conocidas, y entre ellas alguna que se detiene para comentarme “ya sigo tu blog…”

Cuestión de tamaño el anonimato o el mayor control social.