He tenido una oportunidad muy reciente de conversar de manera informal y distendida con dos expertos consultores con los que entre otros temas surgió la referencia a la necesidad de apostar por el impulso al “emprendizaje” como una de las estrategias necesarias para combatir la falta de expectativas laborales para personas que estando convenientemente formadas no enganchan el tan apetecido contrato de trabajo.

Se habla mucho de ello y se hace además de muchas maneras, incluso algunas perversas como cuando se convierte casi en un arma arrojadiza a esos millones de desempleados (más de 6 millones con más del 50% de jóvenes en paro) a quienes se les invita, emplaza o coacciona verbal y retóricamente para que dejen de quejarse y se impliquen en una iniciativa personal que les suba al carro de la economía productiva.

¡Qué fácil decirlo sobre todo desde la comodidad del castillo previamente protegido y aislado por puentes levadizos, fosos y almenas!

¿Acaso disponemos del caldo de cultivo previo en clave de cultura de la sociedad, transmisión de conocimiento en la Universidad, interrelación empresa-formación, cultura del esfuerzo, del riesgo, que predispondrían a los hipotéticos candidatos a emprender a lanzarse a la piscina de las dificultades, de la incertidumbre, de la lucha por el éxito?

¿Dónde están esos idealizados “Business angels” que apoyarían las nuevas iniciativas, aunque en su implicación no terminaran siendo del todo “angelicales”? ¿Tenemos capital-riesgo dispuesto a apostar por ideas jóvenes en estos momentos de repliegue y recesión económica?

Y ¿qué decir de las actitudes y aptitudes necesarias para “emprender”? No es lo mismo gestionar algo con el respaldo del dinero de otros, que pasar por la vicaría de los Bancos tratando de convencerles de que nos presten para ese nuestro proyecto y en la negociación tengamos que dejarnos la piel además de alguna hipoteca sobre la vivienda propia para lanzarnos al mercado donde se dirimen las guerras de intereses, dificultades y por supuesto de oportunidades.

Hay algo que considero factor de éxito a la hora de emprender. Y es que, bien se haga con recursos propios o se actúe gestionando capitales ajenos, se necesita implicarse en el proyecto como si fuera algo propio (aunque no lo sea), con autonomía, ambición, energía (eso que debe de sobrar en la juventud), osadía, atrevimiento y cierta tendencia positiva a saltar barreras, a importunar a la jerarquía, a no acomodarse de buena gana a procedimientos a veces paralizantes, y disposición a la dedicación generosa y exclusiva al proyecto.

No puedo evitar una sonrisa (seguro que en su momento no la tuve) cuando en mi historia como directivo me ha tocado proceder formalmente a aprobar una inversión en maquinaria a propuesta de uno de nuestros gestores cuando con la necesaria complicidad del proveedor del dispositivo fabril éste había sido ya previamente (y a la chita callando) descargado  en la planta correspondiente.

No sé a quién se le atribuye la frase de que es mejor pedir perdón que pedir permiso. Pero pregunto, ¿se puede ser emprendedor si sólo pedimos permiso?