Con la mención a esta Ciudad de Bolivia intento situar una referencia simbólica de un lugar en el planeta, en la mayoría de las ocasiones “al otro lado del charco”, de donde “vuelan” hacia nosotros personas, mujeres en gran proporción, en búsqueda de oportunidades de trabajo con las que, además de desarrollar sus vidas, aportar a la economía familiar que dejan en su punto de partida sentando la base de unos ahorros con los que asegurar su bienestar futuro a falta de otras coberturas públicas desconocidas en aquellos países.

Podía haberme referido a cualesquiera otras ciudades, pueblos, culturas, pero con el denominador común de que sean exportadores de una capacidad de trabajo que ponen al servicio de empleos diversos, en muchos casos de cuidado y atención de nuestros seres más queridos como pueden ser las personas mayores, personas en situación de dependencia, a las que no se trata sólo de que estén “aseadas”, “alimentadas”, sino que necesitan compañía (no estar solas), alguien que les escuche, que les ofrezca el hombro, el brazo sobre el que apoyarse en el paseo diario que en otro caso no se produciría quedándose sin remedio la persona afectada recluida en su domicilio o en una residencia en la que ir diluyéndose en el anonimato.

Ante los recurrentes mensajes de tinte xenófobo que de una manera más o menos clara pueden aflorar en nuestro entorno, no es difícil levantar el estandarte de reconocimiento del trabajo y de la función que miles y miles de personas del perfil mencionado aportan a casos particulares que tarde o temprano nos llegan a todos, como aportan en definitiva al conjunto de la sociedad por cubrir necesidades perentorias e inexcusables.

Agradecimiento por tanto a cuanto/as nos ayudan en nuestro bienestar y el de nuestros allegados a cambio de una trabajo bien hecho y decentemente remunerado por nosotros, los beneficiarios.

Dicho lo anterior, y en un país sumergido en unas cifras escandalosas de desempleo, de falta de ingresos familiares, me asalta la pregunta de dónde está la razón profunda para que nuestra sociedad no sea (seamos) capaz por sí misma de autoalimentar un sistema de protección a nuestros mayores de la mano de sus propios conciudadanos empleando personas disponibles de la propia comunidad sin depender al menos en el actual grado de otras que tienen su hábitat natural a miles de kilómetros de distancia.

¿Es nuestro estándar de vida el que lleva a minusvalorar este tipo de trabajos de atención directa a personas dependientes? ¿Se trata, ahora también, de que somos más caros que esa “otra” fuerza de trabajo? ¿Tiene o no sentido ponernos a pensar en si esto va a poder seguir siendo así? ¿Nosotros de brazos cruzados y otros a cuidar de nuestros mayores?

Cualquier antropólogo nos daría referencias de sociedades más primarias, incluso primitivas, tribus a las que miramos con sentido de superioridad que resuelven de manera autónoma este problema.

Benditos los flujos de personas de “Cochabamba” y otros lugares, pero ¿no habrá llegado la hora de hacerlo de otra manera, aunque sea por pura necesidad?