Conozco una persona, directivo de una Asociación en favor de personas con discapacidad intelectual, que aprecia y valora de manera especial esta idea de dar/recibir que se recoge en la palabra dicha en euskera de HAR (tomar) y EMAN (dar). “harreman”. Supongo que difiere algo del “do ut des” del mundo del derecho -doy a cambio de que me des- que posiblemente “materializa” más el intercambio.

Pero bien cierto es que las relaciones humanas y sociales están basadas en estas reglas de intercambio y correspondencia por las que todos estamos dispuestos a dar en la expectativa de recibir por valor similar a lo concedido, o nos sentimos obligados a corresponder en equivalencia.

En el mundo de la gestión de los servicios sociales estamos todos muy acostumbrados a hablar en términos de “cuánto os dan por esto o aquello”, “cuánto recibís de tal o cual Administración Pública”, “en cuánto os subvencionan”, sin contraponer el valor de lo que “el que recibe”, el “pedigüeño”, el “mendicante”, el que gestiona (consume) fondos públicos, aporta en clave de equilibrio social, de contribución al bienestar general de la sociedad además del beneficio propio de los más directamente implicados o afectados.

Hay otros valores que se aportan, entre ellos el retorno en clave económico-fiscal y en creación de empleo que el sector gestor de servicios sociales acredita. Podríamos hablar de ello en algún otro apunte de este blog.

Pero hoy quiero poner en valor esa otra contribución a la sociedad que es la que se deriva de manera directa de la convivencia, de la presencia próxima de personas que aún con limitaciones fáciles de reconocer, nos aportan un plus en positivo por el mero hecho de estar entre nosotros, instándonos, empujándonos, a gestionar la diferencia, la adaptación a las capacidades (y dificultades) del vecino, del compañero de clase o de trabajo, en definitiva de recordarnos con su sola mirada y presencia que en este mundo cabemos, o debemos de caber, todos y todas, todas y todos, cada uno con su bagaje de capacidad de hacer, de convivir, y de relacionarse.

Creo que fue Rabindranath Tagore el que dijo aquello de “qué tristes serían los bosques si sólo cantaran los que mejor lo hacen”. Aquí cantamos todos, y alguno o alguna que desafina también nos ayuda a completar el coro de voces mixtas con el que celebramos la vida y la convivencia.

En definitiva. ¿Cuánto nos dan los que parece que sólo reciben?